Réquiem ante la tumba de un amor

Quisiera irme contigo, luz de mí. Haberme ya ido quizás. Ante ti, te suplico que me lleves. Te lo suplico, con un disparo fulminante y perdido que me llegue directo al cerebro. Con una caída desprevenida en el baño. Con un infarto al dormir. Llévame entrelazado en tu sueño, en tu ataúd eterno, tu cama absoluta, y si no quieres llevarme mándame algo de tu luz que me ilumine por lo menos poco de este camino indolente al que llaman vida. Porque desde que te fuiste no sé las horas de los días en que existo: no sé el principio de un minuto, no sé el fin de la jornada, no sé calmar el hambre ante el comedor. Las uñas me crecen y puedo jurarte que las veo crecer cada día y no tengo el impulso vital de cortármelas. Hasta para eso hay que estar queriendo la vida. Me pongo todos los días la camisa final con la que te di el último abrazo, antes de que te llevaran, en esa ambulancia chirriante de luz, el último domingo en que desayunamos juntos oyendo las noticias tristes. Me dicen que me cambie de ropa. Que me quite esta chaqueta que conserva las manchas de tu sudor y la mancha del tinto que se me regó mientras recordaba cómo me encantaba mirarte los ojos mientras te miraba los ojos. Que bote este pantalón que me planchaste con amor y que me dejaste el día anterior del comienzo de tu ausencia sobre nuestra cama como un regalo para la semana. ¿Cómo quieren que lo haga si ahora es lo único que conservo de ti? Hasta el recuerdo se me va: todos los días procuro memorizar la imagen de tu cara y cada vez se me olvida un detalle. Nunca sabré recordar cómo era tu forma de respirar mientras esperabas a que llegara nuestra hija de sus eternos viajes. Tampoco podré hacerme una idea de tu sonrisa ladeada cuando le respondías hipócritamente a alguien que no te entraba del todo. El tamborileo de los dedos cuando no estabas de acuerdo con algo que yo decía. Ya no serán mis compañeros fieles sino cuestiones que iré olvidando. Insignificante el destino de nosotros, los que nos quedamos, que dependemos tanto más de los muertos cuando ya no están como de los vivos cuando se han distanciado. Los muertos están en la paz de la nada y se liberan de toda carga hasta siempre, en ese tal vez sereno viaje del tiempo parecido al que los vivos experimentamos al dormir. Los vivos dependemos de nuestros muertos, enredados en una mirada furtiva y en la forma involuntaria de un gesto; cuando no, esperamos el poder del otro que se fue –o que está ya ido–, su presencia postiza, el embuste de su promesa tan vacía como el vínculo que supuestamente nos une. Solo me queda este extrañamiento de viejo setentón, que se me pega a la piel y me acompaña a donde quiera que vaya sin que me deje libre. Nuestra hija pasa sus largas horas sometida a la somnolencia de la droga. Ya no es nada de lo que alguna vez quisimos que fuera. Solo queda de ella el nombre que le pusimos. También me acompaña esa culpa que me reduce. ¿Qué hice mal para que ella me odie ahora, hasta el punto de que diga que quiera matarme, envenenar alguno de mis almuerzos y salir corriendo muerta de la risa? ¿Qué hice mal para que ella quiera vender nuestra casa, a pesar de todo el trabajo que hicimos para tenerla, y lo que logre recoger olérselo en bazuco y en pegante bóxer? Ella ahora llega a la casa, cuando llega, y pasa todo el día encerrada sin saludar. Yo le digo que abra la puerta, que nos tomemos un chocolate, que hable conmigo, pero nada. Ya no sé nada. Estoy pidiendo ayuda. No quiero irme contigo por sus manos inconscientes. Solo porque así obra la vida, o Dios, o tú, en tu bondad del otro mundo. Así quiero partir para siempre de esta realidad. Ya solo quedan escasos eventos que me hacen feliz. Todos me dicen que debería rehacer mi vida, continuar desde ceros. ¿Para qué hacerlo si soy un pensionado marchito que no tiene nada más que dar en esta vida? Hasta de pronto estaría bien que nuestra hija acabara de una vez conmigo, y así le pago yo lo que en vida pude haberle hecho mal, y ella cobra con felicidad lo único que le permite existir. Esa sería una manera. Ya sé que con ella no hay más qué esperar sino que siga viviendo día tras día en función de la solución química que hace que su cerebro calme la ansiedad de manos frías, de rodillas nerviosas, de ojos brotados, de gritos desesperados. Luz de mí, o luz que fue mía, ante tu tumba en este domingo frío, circundada de lápidas de vidas acabadas, con la misma ropa que tú alguna vez tocaste, con la que me seguiste amando después de tantos años, a costa de mis olvidos, de mí mismo, vengo a ofrecerte una promesa. Guarda esta carta que te escribo y que dejo junto a las flores que te adornan en la muerte. Guárdala en el secreto de tus dedos, léela con la calma de la nada, y espérame mientras que llego hacia ti, hasta que podamos leerla juntos, cuando ambos despertemos y toda esta locura de la vida haya pasado, y no sea más que la muerte de otra vida, y estemos juntos para siempre viéndonos a los ojos, amándonos inmortales en las miradas. Guarda la carta porque solo las cosas que sostienes en las manos son perpetuas. Yo ya no viviré feliz hasta que me vaya contigo. Me quedaré esperando el resto de mis días hasta que nuestra hija o tú en tus designios invoques la llama que trasciende los espacios, y que hace que todos los cuerpos vuelvan al estado original del abismo.

07 de febrero del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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