La verdad del colibrí que cambiaba de color

Era un colibrí con alas azules que cambiaban cuando lloraba: se tornaban más claras, más suaves, como si se recogieran aguas de un mar isleño; aguas felices que no hubieran tocado las plantas de ningún turista inoportuno. Cambiaban también cuando se enfurecía: se volvían un azul verdoso con chispas amarillas y naranjas, como si fueran otras alas de otro pájaro de otro país, quizás de una tierra acostumbrada a las tormentas y al ruido enfurecido de los truenos. Cambiaban al sol sin ventanas, cambiaban a la sombra de un árbol inesperado, cambiaban a la espera de algún viento escurridizo. Y aunque cambiar era su constante, y con el movimiento de las alas parecía ser un pequeño camaleón del cielo en movimiento, no conseguía descubrir cuál era su verdadero color. 

“Pero, ¿a quién le importa?”, pensaba, “si al final lo más importante es poder volar entre las flores, y suspenderme en el aire, y llegar a tantas como me sea posible, y no parar hasta cansarme, y después quedarme en una rama viendo cómo el mundo pasa ajeno a mí”. Volvía un día más, y otro más, y otro más, y hacía el mismo ritual natural que poco a poco se le iba agotando de tanto repetirlo. Había algo en las flores que ya no lo saciaba, y el viento que siempre esperaba no lo motivaba como antes. Pensó en cambiar de sueños. Como tenía los vuelos cortos, y la altura de un lugar a otro apenas si era la de una persona perdida, sospechó que podía ser que debía soñar con volar a otro lugar, allí donde el mar fuera gris y la arena no se moviera con las pisadas. 

Lo intentó una mañana. Como era un colibrí solitario –o por lo menos era lo que creía– nadie le preguntó por qué se desprendía de esa rama tan temprano, sin despedirse ni saludar a nadie, con la última ráfaga que soplaba antes de que apareciera el sol. Cuando salió de la playa, el cuerpo se sumió en una ansiedad que antes no había sentido, y, por el solo orgullo de no volver y tener que dar explicaciones, siguió las ráfagas que lo llevaban al sur, con la leve esperanza de encontrar, de pronto, alguna flor del mar sobre la superficie. Al mar lo había visto desde una rama, a lo lejos, o mientras observaba aburrido cómo los demás buscaban aparearse, con esos bailes que eran para él toda una farsa de agitación frenética, pero que en él le causaban lo contrario: el corazón parecía aburrírsele, justo como si durmiera adentro de su pecho. 

Por eso, cuando clavaba los ojos en el horizonte perdido, quería poder beber la luz que se formaba en la orilla infinita, y se preguntaba, al otro lado del mar, cómo serían las ramas y las flores, de qué color caería la lluvia, de qué formas serían las ramas iniciales de los árboles viejos. Mientras estuvo en el vuelo, al vaivén increpador del viento –cuando quería volar al ras del agua el viento lo subía, y cuando quería alcanzar las nubes el viento lo amarraba–, se arrepintió de todas las flores que no probó, y de toda la energía que gastó queriendo aprender a volar, y de no acumular lo suficiente que le permitiera hacerlo sobre el mar. Entonces tuvo que emprender el vuelo en otra dirección, hacia la tierra, y tomar así lo que le permitiera continuar el viaje, sin importar que fuera por la orilla del mar. 

Prefirió lo conocido que continuar la aventura en el desierto marítimo. Mientras tanto, olvidó ver que, por la misma sensación del miedo, las alas se le habían ido cambiando a colores que no había visto antes: eran mezclas inusitadas, azules amarillentos, rojos verdosos; matices que brillaban y que ocultaban otros, que emergían y que desaparecían, y, como las alas se movían más rápidamente con la agitación mayor del instinto de supervivencia, ya no eran solo las alas sino ráfagas continuas que mutaban, que iban de un lado para el otro y, si alguien lo hubiera visto en la inmensidad del mar, se hubiera preguntado cómo fue a parar, suspendida en el aire, una piedra con todos los colores del mundo. 

Al volver a la orilla, pensó cuan lejos había llegado. “No debo estar muy lejos, aquí todas las flores son iguales”, se dijo. Entonces siguió, después de haber comido de todas las flores que halló, volando a la vera del mar, cuestionando todavía si en el centro de esa masa inmensa habría árboles y cómo sería su sombra. Las alas se le volvían azules claras, como si estuviera llorando, y el corazón retornaba a su ritmo original. Solo quería continuar ese mismo rumbo, como si fuera lo único que le colmara la vida: el querer llegar a un lugar diferente. Las playas por las que volaba se fueron llenando de personas que querían atraparlo, asombrados con la imagen de un colibrí en la playa, y todavía más impresionados por las estelas de luz que se formaban a su alrededor. 

Aprendió por eso a volar de noche y a dormir de día. El viaje duró una semana completa, con sus noches y con sus días, hasta que divisó un cambio en el paisaje: de pronto el ambiente se tornó rocoso, y el aire en lugar de pasar por el mundo se chocaba: no había una cosa que no tuviera filo, y el gris lo dominaba todo como si se tratara de un cementerio lunar, o como si los filos crearan una sonrisa triste. Si el colibrí hubiera visto el color de las alas, se hubiera dado cuenta de que se habían vuelto negras y grises. Y el corazón comenzó a detenerse, a pesar de que continuara con reservas, y se posó en el suelo, sin prestarle atención a lo que decían sus padres: “Colibrí que para se muere”. Entonces, después de haber volado durante ocho días y medio, se detuvo por fin a verse las alas, y al verlas pensó: “¿Por qué tengo que saber de qué color soy, si hasta la tierra lo desconoce?”. Lo pensó un poco más, y, con las mismas energías que había querido continuar, volvió.

05 de septiembre de 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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