Fico: el culebrero de las maquinarias

Una crónica de Julián Bernal Ospina para En Minutos Pódcast

El sábado 14 de mayo del 2022 parecía sentirse en el centro de Manizales, desde tempranas horas de la mañana, un leve rumor de engranajes oxidados. Todo el que pasó a esas horas por el parque Ernesto Gutiérrez –nombre de otro de tantos políticos de corbata olvidados en avenidas y plazas– debió haber sentido ese rumor de maquinaria vieja, pasmosa, como de bus intermunicipal cansado del mismo trajinar cada vez que suenan arengas y se asoman en vallas rostros sonrientes que rara vez coinciden con el sujeto real a quien le tomaron la foto. Según la impresión del politólogo Juan Camilo Arroyave, quien estaba en ese lugar por esas horas, conforme iba pasando la mañana se iba llenando el parque y se iba vaciando la carrera 23. En un día ordinario, ese pasaje adoquinado e insignia de la ciudad en que los carros deben caminar esperando a que los ciudadanos transiten serenamente, estaría repleto de vendedores ambulantes e informales. Ese sábado de mayo, en cambio, solo caminaba una que otra alma en pena recuperándose de la parranda del día anterior.

Ese murmullo de metales hasta lo sentí yo, que no pude estar en el centro. La distancia no me impidió percibirlo, y hasta lo constaté con uno que otro comentario de pasillo. Pueda ser que el sonido de latas antiguas y desgastadas era el de un Jeep que vi después puesto sobre una tarima. Sin embargo, un lector suspicaz ya sabría que ese sonido lerdo se trata de otro tipo de maquinaria. Una que se aceita con votos y puestos, con las nuevas propuestas de siempre y con tres o cuatro platos de comida. Ese día habría de llegar Federico Gutiérrez, el candidato uribista que por medio de encantamientos de la palabra dice no serlo ni tampoco representar a los partidos tradicionales.

El sonido no obstante era casi obvio. Hasta una mente un poco confusa hubiera podido oírlo. Ya, después, las investigaciones periodísticas se hicieron notar. Mostraron que los embragues no solo se aceitaban con votos y puestos, sino con bonos. Noticias Uno denunció que ese mismo día, pero por la tarde, una empresa de nombre Gerenciar ofreció a través de mensajes de texto masivos el pago de 20 mil pesos por asistir a la manifestación de Fico en la Plaza de Bolívar de Pereira, junto con el pago de 200 mil pesos por ser testigo electoral. El sonido ese mismo día se esparciría por todo el Eje Cafetero. No sería raro que esa misma práctica –vieja costumbre de políticos y gamonales–, la de ofrecer plata por asistir a eventos, también se viera en Manizales, pues al candidato Gutiérrez lo esperaban en la tarima algunos reductos del Frente Nacional.

Según el orden que mencionaría sobre la tarima, estaban sus amigos del partido Conservador (Juana Carolina Londoño, representante elegida por Caldas; Félix Chica, representante actual que recientemente perdió la curul en disputa con Londoño; Diego Tabares, concejal de Manizales destituido; el pereirano Juan Samy Merheg, senador actual y recientemente elegido), sus amigos del partido de la U, los de Cambio Radical, los del Centro Democrático (se veía al actual senador Carlos Felipe Mejía sonriente y enardecido, con una bandera de Colombia como un poncho alrededor del cuello), sus amigos del partido Liberal (el exalcalde y recientemente elegido representante Octavio Cardona León, quien vestía con pecho erguido una chaqueta roja y espumosa, prenda que puso de moda Juan Manuel Santos cuando otros eran los tiempos), sus amigos del Mira, y algunos verdes, como diría Fico, regados entre los espectadores.

No por nada, el alfil antifico Ariel Ávila, fruto de sus investigaciones de años sobre los clanes familiares que gobiernan el país (300 familias que toman las decisiones trascendentales en materia política), diría que a Fico lo acompañan la no despreciable cifra de 45 clanes, de un total de 54 que actualmente tiene Colombia. Los clanes familiares son grupos cuyos miembros o han estado involucrados en carteles de contratación estatal (por ejemplo, los llamados carteles de la toga, los de la sangre, los de la enfermedad mental, o los del PAE –Programa de Alimentación Escolar–, que no son otra cosa que el pago de contratos a dedo a través de prácticas amañadas), han estado inmiscuidos en crímenes contra de sus opositores políticos o han sido investigados o condenados por cohonestar con grupos criminales, como la llamada parapolítica. Uno de quienes estaba en la tarima, ese día en Manizales, Juan Samy Merheg, es hermano del otrora senador Habib Merheg, investigado por parapolítica y por vínculos con alias Macaco, así como por la adquisición indebida de tierras en el Vichada. Ya es sabido el apoyo a Gutiérrez del yepismo e, incluso, del ya no célebre senador Mario Castaño.

Por todo lo cual, no fue extraño que entre los asistentes aparecieran tantos carteles. En toco caso, había unas 7 mil personas de un promedio de edad bastante avanzado: cincuenta años o más, por decir lo menos. También había jóvenes, mujeres, treintañeros, pero eran menos, según lo que me contaron personas asistentes al evento y según lo que pude constatar en el video del discurso de Gutierréz.

Ese rumor pasmoso fue remplazado por cierta algarabía. Tenían bombas, algunas camisetas sobre las camisetas usuales, flores y pitos, gorras enmalladas y con el logo de la campaña en la parte del frente, sombreros aguadeños y ponchos, y muchas banderas de Colombia. Sobre todo, pululaba la imagen sonriente de Fico en pancartas y fotografías. Había cierta emoción y no todo el mundo caminaba con el ritmo de los engranajes. Muchos ciudadanos, por ejemplo, que habían llegado después de leer La Patria, en físico, y después de tomarse el tintico, caminaban emocionados y gritaban y silbaban con entusiasmo. Sobre la tarima, el motor de la maquinaria –ya mencionado–, adornos de flores de girasoles y heliconias, y el Jeep con los costales de café. También uno que otro niño llevado por sus padres.

Y a las 11:30 de la mañana, dos horas después de la cita programada en los anuncios, llegó el esperado exalcalde y exconcejal de Medellín, con su andar paisa y su hablar atento, aparentemente feliz y eminentemente dicharachero. En su aspecto, se notó que había perdido ya la juventud que lo acompañaba en sus primeros días de alcalde o cuando fue concejal (le había cambiado el rostro sereno y abundante en sus formas, por un rostro anguloso y enjuto, casi sin ojos, casi sin nariz, casi con una sola ceja), pero el jean, los tenis, la camisa estampada con el logo de la campaña, el pelo largo y ondulado que le dominaba el cuerpo, las escasas canas en las sienes, la incipiente calva, todo él producía una especie de encantamiento.

Solo así puede ser entendido, a través de los antiguos dones de las hierbas, que sus ideólogos lo hayan inflado tanto a pesar de que su campaña haya sido como su figura: flaca y desabrida. Pueda ser coincidencia el hecho de que el apellido de Federico (Gutiérrez) corresponda con el del nombre del parque (Ernesto Gutiérrez). Lo cierto es que hay en él, en Fico, más allá de los breves tatuajes de su brazo derecho, el pelo enmarañado y las manillas, un tufillo de político tradicional. Por otro lado, la coincidencia del apellido Gutiérrez evoca el hecho de que tiene raíces en el Eje Cafetero: su madre es de Pereira y su padre de Armenia. Tiene, además, una tía en Manizales, y parte de su familia también vive en la ciudad. Estaba, entonces, como en su casa; en su salsa. De ahí que se le viera tan desenvuelto: no tuvo problemas en excusarse y, para salirse con la suya, asociar su tardanza al hecho de que no exista un aeropuerto que permanezca la mayoría del tiempo abierto. Según lo dijo de primer momento, el Aeropuerto del Café sería una prioridad.

Cierto tufillo de político tradicional y de culebrero paisa. Primero –como buen político tradicional– pidió que se oyera el himno nacional y que se les brindara honores a los símbolos patrios, a las Fuerzas Militares y a la Policía. Segundo, como buen culebrero, a juzgar por lo que habló, no hizo otra cosa que matizar su pretensión de polarizar alrededor de un enemigo común, diciendo que quería unir a Colombia cuando prorrumpía en agresiones.

Llamó a la unión del país alimentando la división; promovió el amor incentivando el odio; dijo que su postura no era ni de derecha ni de izquierda ni de centro (que “hay gente buena en todas partes”), al tiempo que fundamentaba su ideología en la seguridad, los valores tradicionales de la familia –que él había aprendido con la suya–, la libertad y la democracia desde una posición de seguridad jurídica empresarial. Estas son las posturas que concuerdan con partidos como el Centro Democrático y el Conservador. Y, lo que es más –como si el mismo Álvaro Uribe hablara por su boca–, suscitó un desprecio por las apuestas políticas de izquierda en Latinoamérica, no solo las ya manidas de Venezuela y Nicaragua, sino también las de Chile y Perú. Y todavía más: una imagen casi estuvo tan presente como la suya en los carteles, y eso que él está acostumbrado a pagar grandes sumas de dinero por su publicidad, como en su Alcaldía, según lo denunciaron medios de Medellín.

Como buen culebrero sugirió sin decir. Después de decir que quería unir a Colombia y buscar un acuerdo sobre lo fundamental, inmediatamente habló de un “otro”, de “unos otros”, aquellos de los proyectos “autoritarios y populistas”. Esos otros que promueven “la lucha de clases”, que tienen “superioridad moral”. Quienes “desprecian la democracia”, quienes quieren destruir, quienes tienen el discurso del odio. “No les vamos a entregar a Colombia a ellos”, dijo varias veces, queriendo decir “No le entreguemos Colombia al comunismo”. Se refirió a esos que hablan de «expropiar», esos terroristas, esos que hacen pactos en la Picota, pactos con el diablo, mientras que él, el decente, se «apropiaría» a Colombia, les ofrecería las cárceles a los bandidos y haría pactos, pero con “Dios”. Claramente, ese “otro” y esos «otros» eran Gustavo Petro, del Pacto Histórico, quien hoy en día lidera las encuestas con el 40 % de intención de voto.

No me quedó claro al fin quién es el populista, ni tampoco Fico cómo pretende unir a Colombia si Petro, ese monstruo que sugirió en su discurso, representa a buena parte del país. (¿La mitad? ¿Más de la mitad? ¿Una tercera parte? Está por saberse). En las últimas consultas presidenciales, el Pacto Histórico obtuvo más de 5 millones de votos, mientras que el Equipo por Colombia (la consulta en la que participó Gutiérrez con Char, Barguil, Lizarazo y Peñalosa) sacó casi 4 millones. En votos individuales, Petro lo dobló. El exalcalde de Bogotá solo sacó más votación que el Equipo por Colombia. Por otro lado, es conocido el refrán de que una cosa es el político en campaña y otra el gobernante: políticos como Santos se hicieron elegir con las mismas tácticas de crear un clima polarizador, e incluso la campaña por el “Sí” en el plebiscito por la paz construyó un escenario de los que estaban a favor de la paz y los que estaban a favor de la guerra. El mismo Petro ha hablado ya muchas veces de la política del amor versus la política de la guerra.

Lo otro cierto es que esta lógica ha sido la predominante en los gobiernos de derecha de los últimos 20 años. Para justificar la guerra y los desmanes del gobierno elaboran en el discurso la imagen del “enemigo interno”: un fantasma que puede estar en cualquier parte, y, como es omnipresente, se puede emplear todas las formas de lucha para acabar no solo con las personas sino también con las ideas y con todo lo que convenga acabarse. Esta fue la táctica que Álvaro Uribe usó frente a las Farc, y por la que muchos en su movimiento justifican –aún– los falsos positivos: los asesinatos de jóvenes para hacerlos pasar por guerrilleros, y así probar que la guerra se está ganando.

Ya es conocido el video según el cual Álvaro Uribe recomienda que no se le vincule con Gutiérrez porque esto le podría perjudicar al candidato. Sugerencia que Fico sigue al pie de la letra, procurando mantenerse como político independiente, aunque detrás de él estén las imágenes, además, de los expresidentes Andrés Pastrana, César Gaviria y del futuro expresidente Iván Duque. A ellos nunca los mencionó. Procuró, cuando su incitación a ese “otro” le daba cabida, hablar de los proyectos de infraestructura que necesitaba Caldas (esta vez no olvidaba los nombres de los territorios, como le suele ocurrir; ni tampoco tuvo que recurrir al celular ni a la táblet), de educación, del agro, de la pobreza por la pandemia, del hambre, de la salud, del empleo. Ofreció un minuto de silencio por las muertes recientes por cóvid. Dijo que gobernaría desde el territorio, no creyéndose un príncipe en palacios, ni tampoco desde los escritorios (aunque él conozca de oficinas, como la de Envigado: Gustavo Villegas, su secretario de seguridad cuando Gutiérrez fue alcalde de Medellín, fue capturado por la Fiscalía General por sus lazos con la llamada Oficina de Envigado).

Al final, algunos jóvenes y empresarios le regalaron muestras de productos caldenses, una botella de Aguardiente Amarillo de Manzanares –que dijo tomarse el día de las elecciones–, un sombrero aguadeño y una camiseta del Once Caldas, que se puso “con mucho respeto”, pues decía ser hincha del Atlético Nacional. Le gritaban “¡Fico, Fico, Fico!”. Alguna que otra bramaba “¡Fico, papito, te amo!”. Y él parecía sentir una seguridad, una que lo llevaba a decir que podían “ganar en primera vuelta”, que cada uno hiciera campaña por su cuenta convenciendo a otro “desubicado”, a la tía que enredaron, a esos que estaban desviados de la verdad. Y, lo más singular: el culebrero los convenció, a pesar de que las elecciones de primera vuelta, el 29 de mayo, estén apenas a dos semanas, y de que él tiene una intención de voto del 21 %, casi la mitad del 40 % por ciento de Petro, y de que muchos se preguntan si alcanzara siquiera a pasar a segunda vuelta, pues Rodolfo Hernández le roza los tenis.

16 de mayo del 2022

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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