En el nombre del café

Texto escrito para el Colectivo de letras & poesía

Ya que estoy escribiendo –y casi por obviedad tengo un pocillo de tinto a mi lado– me pregunto qué misterio entraña el café. A veces lo olvido –como a veces olvido las montañas– pero cada que me detengo siento una duda antigua, siento un impulso lejano. Puede que sea solo la cafeína; yo creo que hay algo más. Quizá solo haya una cosa más misteriosa que la existencia: el café. Todavía más cuando a esa sustancia sorpresiva, provenida de un fruto en apariencia inofensivo, se le haya asignado, desde las tribus de Abisinia, desde la lengua turca hasta las lenguas romances, la palabra “café”. No importa que en Colombia, el país cafetero, le hayamos cambiado el nombre y le digamos tinto a la taza del café; el café guarda ese sonido entre árabe y turco, esa mezcla de mundos.

No se hubiera podido encontrar una mejor palabra para nombrar el misterio de la flor que se fecunda a sí misma; que se convierte luego en un fruto verde como un mango pequeño y luego rojo como una cereza. Crecen adentro de ese fruto dos maníes. Al secarse, al sol o al fuego, se encierran en un pergamino –de ahí su antigüedad– para terminar con el color de una aceituna verde. El café podría ser, entonces, un mango, una cereza, un maní o una aceituna, pero decidió, desde el momento en que alguien lo lanzó al fuego, ser café.

Como también decidió tener a Colombia como patria después de haber trasegado como viento imparable por el mundo. Nació hace siglos en las tribus etíopes, encantó a los cultos asiáticos, enloqueció a los númenes indios, buscó un hogar en los indonesios, envileció –aún más– a los imperios comerciales de Venecia y de los Países Bajos. Estos, usándolo como regalo y como producto para truques, terminarían desperdigando el grano multiforme por el mundo y por las colonias del mar Caribe como una magia negra.

Se dice que un hombre, a finales del siglo XVIII, viajó en barco con el corazón a mil de Europa a las Antillas. Se trajo desde allí un cafeto protegido en un vidrio. Luchó con piratas, con tormentas y con traiciones. Solo alguien influido por esa brujería tendría el impulso para sembrar 20 millones de plantas en el clima tropical de la América Central. Ese viaje de la locura fue el primer paso para llegara a Suramérica, a través de los países olvidados de Surinam y la Guayana Francesa. Tanto fue el asombro que bastó menos de un siglos para terminar de enloquecer a todo el mundo.

A Colombia llegó de Venezuela con forma de rosario. Se narra la historia de que un cura imaginativo obligó a sus feligreses a  sembrar los granos del café como penitencia. De manera que el país –que tanto es cafetero como devoto– le debe al pecado la propagación de la mata de su producto más representativo (la cocaína está fuera de concurso). Así, sin saber a ciencia cierta que sus montañas escarpadas serían su principal lugar en el mundo, llegó el café hace menos de 150 años a la que sería la región cafetera. Estimado lector, la taza de café que mientras lee posiblemente tiene al lado, o que yo tomo mientras escribo, es la suma de la locura que inspira el haber ingerido el misterio.

En todo caso, sea por la cábala de una tribu etíope o por el influjo de la cafeína, el café llena tanto el espíritu como su sabor, como el aroma llena algún vacío del comienzo del día. Todavía la humanidad procura descifrar ese gusto a tierra fértil, a secreto líquido, a sueño indescifrable. Todos caben ahí y, sin embargo, después de haberlo olido, no es posible olvidarlo: es también único. Cuentan las leyendas que monjes y reyes sucumbieron a él luego de asombrarse con el olor cuando por accidente cayeron algunos granos a sus fogatas. Cuentan también que los pastores vieron cómo sus cabras se enloquecían aún más cuando comían sus frutos extraños, y que las aves volaban endiabladas cuando los probaban. Tal vez solo por él puedo yo escribir estas palabras.

25 de julio del 2022

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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