La sombra de la tarde

Como espectador virtual de la Feria del Libro de Manizales número XI pude sentir que la subversión literaria de los tiempos actuales reclama su lugar de reflexión entretenida y no de simple divertimento. Los nuevos formatos literarios atravesados por las nuevas plataformas, la tradicional ya relación entre ficción y realidad y los llamados actuales para hallar lo inconfundible de la literatura en las ciencias y en la vida cotidiana evocan algo parecido a una sombra que lucha por permanecer, aunque el día esté apunto de acabarse.

La sombra de la tarde tiene algo de subversión. Aún la luz no termina, aún la sombra sigue siéndolo: se resiste a morir a cinco minutos de desaparecer para siempre, y con ella para siempre también esfumarse un día más del calendario. La sombra de la tarde es como la literatura en estos tiempos: aún se resiste, aún deja ver ese esplendor acogedor de detenimiento, aún –tal vez antes de morir como la conocemos– nos permite ubicarnos y mirar los entresijos de los árboles, el viento entre las hojas, el correr de las personas o su caminar en desvarío. Por eso a la sombra de la historia la literatura es una evocación de una resistencia humana, una subversión a la contemplación o el enloquecimiento en la inevitable condición de su muerte. ¿Cuál será la subversión de la literatura y su capacidad imaginativa de que nos habla, por ejemplo, Mario Vargas Llosa en su última columna en El País de España titulada La función de la crítica?

Acabo de dejarme impregnar por ese espíritu del descubrimiento que significó la Feria del Libro de Manizales, en su versión número XI, organizada virtualmente por instituciones manizaleñas entre las que se cuentan, sobre todo, la Universidad de Caldas. En los espacios a los que asistí presencié una elocuencia de posibilidades que me hablaron de esa resistencia. Descubrimientos como la mirada bizca de Ramón Illán Bacca, motivada por Orlando Mejía Rivera y su invocación a una literatura firme en sus presupuestos universalistas de fascinación y disrupción auténtica, con una tendencia inevitable a “Reírse a carcajadas” al leerlo. Como el humanismo poético y educativo de Yolanda Reyes, muestra de que es posible unir indisolublemente los mundos de la literatura con una preocupación ética y política de la educación y la pedagogía. Como el trabajo de autores jóvenes que han encontrado en las aulas universitarias espacios para profundizar investigativamente la estética, y darle rienda suelta a las expresiones sintéticas y atómicas de las formas literarias: el caso, por ejemplo, de Christian Ocampo y Las luces de la ciudad, libro en el que mapea los recorridos de habitantes de calle y reluce sobre nosotros cuentos como fogonazos de creatividad.

Los nombres de Mónica Lavín, con su efervescencia de imágenes; Ricardo Silva Romero y el patetismo como posibilidad de expresión de la novela, sin desmedro de la denuncia política del dolor a propósito del conflicto armado; Juan Esteban Constaín y el juego histórico en el campo de la ficción a partir de los datos historiográficos; Juan Miguel Álvarez y el descubrimiento del Chocó desde los espacios de la ética periodística. Nombres todos sobre los que traslucen oportunidades para afinar la interpretación del mundo, y definir la condición subversiva de la literatura: la capacidad de albergar diferentes escenarios tras el intersticio de la construcción de un lenguaje y la pretensión de ser comunicado un sentido reflexivo.

Todo un universo, al alcance de una pantalla. Entre todas las elaboraciones una parece refinarse como un punto articulador: más allá de la idea de que la literatura de la forma tradicional en que la conocemos se acabará, toda subversión literaria parece iluminar lugares que requerimos para existir sin ser entes solo lanzados a la vida –aunque, inevitable y absurdamente, al final solo eso seamos–. En la conversación inicial de la Feria, Bibiana Ricciardi, con Octavio Escobar, se refería a la búsqueda literaria por excelencia de estos tiempos de pandemia, en que hay una disputa entre lo audiovisual versus lo escrito, y que parece el primer mundo de la imagen ganar la batalla. Una necesidad de profundidad, decía ella, de historias que reflejaran no el horror sino las potencias, no el entretenimiento sino la reflexión entretenida. Pienso que se trata de las intimidades compartidas, la compasión de las angustias, los mundos públicos y privados posibles a partir de esta imposibilidad que para todos había sido una pandemia mundial.

Los formatos de la voz como libro, que compartían también Ana María Mesa y Atu Núñez –las plataformas virtuales para leer con los oídos– son parte de ese desentrañamiento, esa intención de propiciar medios para la reflexión del aquí y el ahora –y del allá después– de los seres humanos. Dejan en últimas una evocación: que hay un sentido que lucha por permanecer, que se adentra en los cuestionamientos de la realidad, y que inquiere diversas maneras de expresión, cada vez más necesarias en cuanto a que las ocupaciones, los deseos y las expectativas han cambiado. La disyuntiva entre imagen versus letra puede ser vencida con propuestas que beban la una de la otra, tal y como parecen hacerlo las que han compartido los nuevos formatos. Vargas Llosa está equivocado al culpar a la imagen: la culpa es de nuestras formas de interpretación, y de nuestras demandas escasas, incluso en el ámbito de la escritura. El maestro Nobel se queda abrumado añorando aquel tiempo ido, sin reparar en que el verdadero problema es que cada ser humano debería tener la posibilidad de ser un crítico en sí mismo.

Cuando ya la sombra de la tarde ha terminado es cuando, irónicamente, la sombra ha ganado su espacio en el mundo. La última de la tarde se pierde para siempre en la primera de la noche. Es esa expresión, esa imagen que es metáfora, sirve para ampliar el recurso de la subversión de la literatura. No importa el formato, el género, el autor, el sentido: hay una interpretación que es posible si existen lectores formados capaces de hallar la diferencia entre una sombra y otra, o de reconocer qué le falta a la sombra de la noche, o añorar la luz del siguiente día. Porque el olvido no es el trastorno de la letra por el remplazo de la palabra sino la posibilidad de saber leer los alcances de la una o de la otra, y encontrar los evocadores necesarios para esto. Esta versión de la Feria del libro de Manizales fue una oportunidad democrática –y por eso vigorosa e indispensable– de adentrarnos en el sentido reflexivo de la creación humana, aún más indispensable hoy en días de pandemia.

2 de agosto

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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