Un minuto de ron

A las 10:43 de la noche Juan pide el tercer ron. Está en un bar en la Zona T de Bogotá que parece una cantina de guardaespaldas, aunque en realidad es una discoteca crossover con guardias de negro fornidos. También hay mesas en las que es necesario detenerse para no creer que son sillas altas; pero la verdad es que, a ciertas horas de la noche y con varios tragos encima, todo tiende a confundirse. Junto a la barra están dos de estas sillas con su mesa. Ahí Juan dejó a Isa, su hermana, cuando este se paró por el otro trago. Ella se estaba tomando el tercer gin tonic, y se quedó allí porque no podían dejar solo su sitio. De pronto se lo quitaban; era mejor no arruinarse la noche por la reacción de Juan.

La novia de él, Laura, no ha llegado. La están esperando. Desde que entraron en la discoteca Isa había estado oyendo todas las historias de Juan a propósito de las borracheras de su hermano. Había decidido ir a visitarlo porque le preocupaban mucho los mensajes que Laura, hacía unos meses, le había enviado sobre las agresiones de él hacia ella. Sabía que tenía que esperar el momento justo para preguntarle por lo que le enviaba Laura, y, aprovechando que ella no llegaba, creía que con el tercer ron él iba a soltar la lengua. Brindaron tres veces: una por el reencuentro, otra por su papá recién ascendido y otra más por las ánimas, tal y como lo hacían en Medellín.

Justo en el momento en que Juan se levantó por el ron, a Isa le pareció ver que Laura entró en la discoteca. Laura, en lugar de dirigirse a la mesa que Juan le había indicado por WhatsApp, se fue a una justo al frente de donde estaban ellos, iluminada por la luz que salía de los baños. Isa reconoció el pelo castaño claro de Laura, sus pantalones y botas negras, la blusa verde que siempre se pone. Isa intentó saludarla, le gritó varias veces, y ella no le respondió. Supuso que la música estaba tan fuerte que no le había oído. De pronto se había encontrado a alguien en alguna mesa. Decidió esperar a que Juan llegara para que fuera él a buscarla.

Algo la previno a no perderla de vista. Cuando Juan pidió el trago, en solo segundos Isa detalló un poco más la escena, y vio que Laura saludó de beso en la boca a un hombre alto y acuerpado, y que después del beso lo abrazó. Isa no quiso ver más. En ese momento llega Juan y pone el vaso sobre la mesa. Isa piensa un momento si decirle o no. Teme la agresividad de Juan, pero recuerda, como si le hubieran punzado el corazón, las veces en que deseó que alguien le dijera que su novio la había estado engañando con su mejor amiga. Isa entonces estira ágil la mano y señala a Laura bailando con el hombre acuerpado. Juan la reconoce de inmediato, se toma pronto un sorbo largo, y lo vuelve a poner sobre la mesa.

Ese trago le bastó para sentir el éxtasis fugaz. Como en ráfagas se le hacen varias imágenes en la cabeza. Estaba muy joven. Aunque habían pasado momentos muy agradables, sentía que ella le había cortado las alas. Sin Laura podía viajar con los parceros a la costa, ir a una finca el fin de semana, estudiar en otra ciudad la especialización, pasar los domingos con la familia comiendo asado y tomando cerveza. No era que no le doliera dejarla. Tres años y medio juntos eran muchos. Reconocía, sin embargo, que él no había sido buen novio. Se le había pasado la mano más de una vez por la rabia. En lugar de darle motivos a Laura para que confiara en él, la había hecho sentirse encarcelada, una pieza más de su ira, como la vez que le tiró un vaso de ron a la cara, cuando ella le peleó porque había estado coqueteando mucho con la prima, tan parecida a ella como si fuera su hermana.

Juan en un instante vuelve al presente. Toma más ron, mira lo único que le queda de la bebida y los tres o cuatro hielos bailando reguetón al fondo del vaso. No logra levantarse del todo cuando alguien, con la velocidad de un beat, se mete entre Isa y él con un bolso y una botella de agua. Es Laura. No está de verde con el pantalón y las botas negras sino de blue jean con tenis y blusa rosada. Impulsado por la adrenalina, Juan la mira, se le llenan los ojos de furia, y le pega un puño en el cachete. Un guardia llega y saca a Juan cual muñeco forcejeando entre sus músculos.

Isa mira a Laura, que parece sorprendida por el golpe. Laura toma los hielos y se los pone en el cachete, envueltos en una servilleta. Isa sigue mirándola, Laura sonríe. “No puedo creer que lo haya planeado todo”, piensa Isa. Son las 10:44 y Laura se toma el último trago de ron que dejó Juan.

20 de diciembre

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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