La basura más cara del mundo

Inés y Alberto creían tener el mundo en la cabeza. Tantos viajes, tantas historias, tantas anécdotas vividas y después de vividas contadas que era imposible, improbable, que el mundo los sorprendiera. Cómo los iba a sorprender si ya habían visto las grandes montañas de Escocia, los espejismos del Támesis, las infinitas hojas de la Selva Negra, las playas finas del Mediterráneo. ¿Qué más los iba a asombrar si ya habían visto morir la luz sobre los Alpes suizos?

Hasta un día que, frente a un cerdo asado y una jarra de cerveza, un hombre de ojos cetrinos y piel cenicienta puso en duda con tres palabras todo lo que habían dicho: “Puro prejuicio occidental”. Los dos se miraron y, en vez de pegarle a la mesa con los puños, botaron el líquido que recién se habían llevado a la boca. La cerveza salió como dos chorros de una fuente justo hasta el hombre, quien recibió los impactos con los ojos cerrados. Cuando los abrió, los miró con gesto de: “No saben lo que hacen”. Lo que continuó no fue el respectivo color rojizo de la pena, ni tampoco el intento de disculpas, mucho menos la pasada con un trapo para secarle la cara y la ropa. Continuó en cambio la risa a carcajadas, la burla entre ellos, la orden de otra cerveza. Nunca le preguntaron al hombre de dónde era.

No volvieron a verlo, de todos modos. Por un reto de vanidad más que por un intento de ampliar la mirada, Inés y Alberto prepararon un viaje a un sitio desconocido, del que sus amigos no hubieran hablado. Que fuera tan alejado, tan remoto, que pudieran después hablar con los demás a la mesa del comedor, y decirle a cualquier extraño subnormal que apareciera lo necesario para que este quedara anonadado y dijera: “Estos son unos valientes; estos a pesar de las comodidades se han atrevido a ver el mundo más allá”. Emprendieron la búsqueda y encontraron un extraño nombre, tan extraño que tuvieron que llamar a una agencia para confirmar que a ese lugar llegaban aviones. Era Sri Lanka.

Cuando el avión aterrizó sintieron un olor que tal vez ya habían conocido en las verduras rancias de la nevera. Los pequeños hombrecitos –porque las mujeres eran como hombrecitos con pelo– iban y venían en las calles sudorosas de pieles asfaltadas, entre cajas que guardaban frutos tan raros como testículos verdes cubiertos de puntillas, colores tan diferentes que tal vez ni habían imaginado, y una vida tan activa que con el primer vistazo no podían contener en un punto una mirada sin que este se moviera. Hubieran jurado haber llegado a otro planeta.

“No te dejes abrumar. Estos negros son pura apariencia. Al final, cuando los tratas, son mansas palomas, fácilmente manipulables”, dijo Alberto. Alberto se había preparado con una serie de libros que había conseguido en Internet, con el buscador de ‘¿Cómo defenderse en Sri Lanka?’. Tras de lo cual aparecieron ataques en Domingo Santo, kamikazes indios y rebeldes, homofobia. Cosas del “subdesarrollo”, como “que te encarcelen si llevas tatuado un Buda en la piel”. Por eso iba preparado, y tras cada observación anotaba en su mente: “Esto lo leí”, “aquí te pueden robar”, “aquí esto te puede hacer daño”, “no nos acerquemos mucho que nos están mirando”.

Inés se sentía algo incómoda con la actitud a la defensiva de Alberto. Se lo dijo cuando –al llegar al hotel de varillas continuas, de letreros fluorescentes como de burdel– este le preguntó por quinta vez si estaba segura de quedarse allí, o si quería más bien que se devolvieran. Ya bastante había tenido con sentirse mirada de arriba hacia abajo. Pensó que era algo parecida a Ota Benga, el muchacho negro congolés de dientes triangulares que los ingleses habían secuestrado en África, y que después se lo llevaron para exhibirlo enjaulado con micos y orangutanes. Inés no estaba encerrada, pensaba, pero sentía también las miradas encima cual atracción sobrenatural, extraño elemento de otro planeta. A diferencia de Ota, sin embargo, a Inés la miraban con deseo, con una propensión natural a querer tocarla, a quedarse en ella; una diosa que camina. Ota solo era, para los ingleses de la época, un curioso espécimen más parecido a los seres humanos, pero al fin y al cabo un primate.

Lo más extraño que vieron fue lo siguiente. Ya habían vuelto de su viaje por las afueras de Colombo y se dirigieron a la ciudad, a un lugar de donde se ve la Torre del Loto, esa especie flor inmensa que para ellos fue, la primera vez que la vieron, el símbolo del mal gusto: “Esa flor de loto parece hecha de botellas de vidrio”, dijo Inés, y ambos se rieron a carcajadas. En uno de los locales comerciales de tiendas abarrotadas con letreros en tamil –esa lengua risible de “cómic”– un hombre cetrino, esquelético y ceniciento esperaba en la puerta. Se levantó, entró en la tienda y salió de ella con una bolsa de basura, que dejó después en la calle. El hombre fue y vino una y otra vez; revisaba la basura, volvía a entrar. Había acumulado ya cuatro bolsas. A ellos les pareció inaudito que el hombre lo hiciera. ¿Cómo iba a dejar la basura ahí, sin ninguna vergüenza?

La indignación los movió a la acción. “Estos negros no saben del cuidado de la ciudad”, dijo Alberto. Tomaron toda la basura y la llevaron a una caneca ubicada al otro lado, vaciándola toda en el recipiente. La indignación mayor sucedió cuando el hombre, en lugar de sentirse agradecido, les dijo lo que adivinaban como todo tipo insultos. Fue una ventaja no conocer nada de tamil. Alberto e Inés regresaron al hotel huyendo de los gritos del hombre que los persiguió hasta la entrada. Cuando abrieron el computador, buscaron prensa en castellano que les permitiera entender. Encontraron un titular: “Joyería en Colombo vende basura en la que barrenderos buscan oro”.

13 de diciembre de 2020

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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