El rastro del cuerno

Reseña del libro El cuerno de Gabriel, de Ricardo Sanín Restrepo, Uniediciones (2020)

Se dice que Evangelista Torricelli, en la Italia del siglo XVII, ideó un extraño objeto que entrañaba una paradoja. Lo infinito y lo finito se unían en su composición. Recréese en la mente un cuerno o una trompeta que se alarga hasta el infinito. No habría pintura suficiente para cubrir su superficie, pero, si se quisiera llenar, bastaría una cantidad concreta para hacerlo. Esta figura es propicia para comprender la novela El cuerno de Gabriel, de Ricardo Sanín Restrepo. Este cuerno rebosa con una sola gota de tinta. El autor se pregunta: “¿Cuántas vidas caben en una gota de tinta?”. La respuesta es: todas.

Porque esa tinta son la finitud de lo humano: lágrimas y alcohol, drogas y sangre, fluidos corporales y éxtasis sensorial, dramas policíacos en el jerárquico y mafioso mundo del arte, tramas culturales y políticos entre la religiosidad elitista y la inequidad capitalista mundial. Su superficie, la infinitud, son las múltiples interpretaciones de la ficción y de la realidad. Así se refiere el autor a la ilusión óptica que crea este objeto: “una sola figura proyectada en una superficie infinita”. Se nos muestra la imagen de un niño que se mira al espejo, en cuyos ojos, que son también espejos, hay un pintor.

Dice el autor que esta no es una novela a lo Bildungsroman (novela de la formación de un ser humano). Pareciera ser, más bien, una novela de la deformación. La deformación de la vida de un joven de clase alta antioqueña que no llegó a ser lo que esta clase quería que fuera. Solo que, en esa deformación, está el sentido de la repulsión por la memoria como eco fidedigno. En cambio, está la escritura como antídoto inocente y vano contra el tiempo. El tiempo que “nos mira desde el pozo negro del ojo de un insecto rojo”, que “se esconde en los cuartos vacíos” y cuyo nombre solo tenemos. Todo –todos–, menos el tiempo, somos una “metáfora del tiempo”. Con Proust, la memoria existe solo en el ingenio; con Bergson, la memoria como intensidad, heterogeneidad y multiplicidad. Solo resta el presente y su potencialidad, siempre algo que no fue, siempre algo que puede ser.

Es la novela de un joven borracho y drogado que llega a la casa por la noche a escribirla. Todo el mundo está dormido; de tanto ausentarse ya nadie lo espera. Arremete contra todo. El pecho agitado, las lágrimas desbordadas, los ojos rojos. Con la rapidez del deseo alcanza la puerta de su cuarto y se encierra. Agarra hojas y papel y escribe sin parar toda la noche, sin importar errores gramaticales, sintácticos y lexicográficos. Nada le importa más que vaciar su cuerpo, su cabeza. No le interesa nada más que esa acción de la mano que va y viene. Así empieza, con trazos fuertes y rápidos: “Todo estaba meticulosamente preparado. Un plan a prueba del fusil de largo alcance de la astucia de mi mamá y de la ingenuidad mezclada con sensibilidad de cristal de mi papá (…). El niño promesa, cuya mente era un gimnasta dando hermosas volteretas, un fofo tierno y risueño que no fallaba en su puntualidad cómica, se había convertido en un adolescente silencioso y huraño, un fracaso académico de cara grasosa y uñas comidas”.

Esta es la primera parte. Se nos muestra con un juego: El cuerno de Gabriel avanza con la escena de unos barones elitistas y paisas, supuestamente ilustrados, que adquieren el tesoro de un manuscrito del negro García Márquez, odiado pero aceptado por hipocresía. El joven Luciano se queda absorto en esa locura artesanal de palabras, en el origen bestial de la creación. Quizás se reconozca el imberbe allí mismo. Los manuscritos que Luciano escribe son como los de García Márquez, en los que aparece la historia de El rastro de tu sangre en la nieve. También en este cuento el protagonista, Billy Sánchez –perdido en su hombría inservible–, se ve reflejado millones de veces en un café de París: “Mientras pensaba se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte”.

El joven Luciano cuenta la historia con la gracia y el caos de alguien capaz de ver el mundo en ese estado. El infinito se le abre a él, al borde de la muerte, atado a la finitud de las palabras. El espíritu de un corazón cultivado por dos parientes rebeldes: Gregorio, el tío, y Jesús, el hermano mayor. Espíritu capaz de develar los procesos químicos que suceden cuando el cuerpo hace contacto con el alcohol. También de reconstruir las disertaciones sobre el cine de su amada Irene. Las peroratas sobre la hipocresía de la cultura antioqueña. La primera desilusión amorosa que desencadena su catástrofe. La experiencia de lo que significó bajar de su casa de canes e ingresar a La Loma y más allá. O a los mundos paralelos del centro de Medellín: los lugares recorridos en busca de la sensibilidad extrema. Los autores, el cine, el psicoanálisis, la decolonialidad, la música, el mundo hippie, la psicodelia, la amistad, la formación jesuita, el amor, los libros, la comida, el sexo, los viajes, el aguardiente, la mariguana, el rock, la salsa, el exceso. Está la belleza del amor que se cuenta en las gotas de lluvia o en los verdes de las montañas; está la ironía y el humor de una explosión de pasajes bíblicos por medio de una tremenda cagada apocalíptica.

Después, en la segunda parte, el epistolario barajado hace que toda la historia adquiera un misterioso sentido social y político, de orden desordenado, como esta realidad del libro que vivimos. También se revela la paradoja del infinito y lo finito. Parecen las manos de El club de los escritores enfermos que nos muestran los hilos del laberinto –los vértices de los planos tridimensionales de la realidad y de la ficción– hasta que todo el cuerno es moldeado por completo. Desde el colonialismo inglés en Colombia, las angustias de una guerrillera que desaparece, los amores escondidos en las amistades de escritores, hasta el amor después del amor y una venganza urdida con maestría. A la vez que, detrás de todo esto, hay una mano. Un cuerpo que se mimetiza entre los personajes y el personaje, invadiendo los espacios y retrayéndose, camuflándose en ideologías, sensaciones, sueños, deseos, experiencias, conocimientos, intenciones. Allí está presente, siempre, como quien sabe que este no es un lugar para representar la fidelidad del mundo ni del recuerdo, sino para recrearlo con las propias voces del ángel y demonio interno.

Es una fruición de lo real como lo simbólico, lo simbólico como lo imaginario. La burla de la intelectualidad desde la misma intelectualidad, como un juego de Rayuela en que se pretende destronar a la literatura desde la literatura. Un aire que renueva las novelas de esa Medellín metralleta y comuna de Vallejo, de Franco, de Salazar, de Abad Faciolince, para invocar la ironía cosmopolita que arrasa las pretensiones rimbombantes de este parque humano colombiano, y que reivindica lo que vale la pena reivindicar: el alma de Fernando González, por ejemplo. El espectador es invitado entonces a emanciparse, sobre todo de sí mismo. A hacer que la novela viva en él, en la infinitud de interpretaciones, y que él mismo la cree, así no alcancen las manos ni las horas ni los días de este tiempo eterno e inabarcable.

3 de enero del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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