La muñeca turca

Esta historia me la refirió un misterioso periodista turco durante un viaje en barco por el canal del Bósforo. Yo estaba abrumado con los destellos en las orillas: ese mundo ni tan oriental ni tan europeo que se ofrecía con sus variantes curvas, sus colores costeros, su contraste aristocrático europeo con el universo similar al caos del costado asiático. Un rostro al que nunca pensé mirar se detuvo en mí con una curiosidad predestinada. En primer lugar se me hizo una casualidad; después, cuando pasaron más de diez segundos sin que él me soltara de su interés, supe que había un deseo suyo por entablar una conversación. Nunca olvidaré esa mirada de desierto de arena fría, como si cargara en los ojos una pena de noche en las dunas. Tampoco las cejas con la forma de las alas de las gaviotas, ni la barba pródiga de sombras perfectas, ni la piel blanquecina. Llevaba una cámara semiprofesional colgada del hombro izquierdo, y la ropa azul y verde, con zapatos cómodos, como de cualquier expedicionario.  

Tal vez le llamó la atención mi detenimiento en las cosas, mi libro de Orhan Pamuk o mi cuaderno de hojas recicladas. Yo no esperaba tener ningún contacto con nadie: mi viaje estaba destinado a ser una semana de solitaria travesía por Turquía para olvidarme de las compras a pérdida y de los escuetos emisarios financieros catalanes, por cuyas manos pasan las decisiones más injustas de nuestro tiempo. Aunque ante esa mirada, a pesar de mi intención, era físicamente imposible mantenerme al margen. Mucho menos cuando se paró a mi lado y me hizo una seña con las manos con el fin de concretar del todo mi atención ante él. Me habló en un inglés cálido y seco. Un inglés con acento en la ese como si fuer che, que agotaba las vocales, que se confundía con una voz grave. El barco se movía sin ningún sobresalto, y los turistas apenas si se percataban, a juzgar por sus conversaciones aireadas, de la belleza que los circundaba.

Después de saludarnos protocolariamente, y de intercambiar algunas impresiones del clima –que, a continuación, por razones que no sé, mutaron espontáneamente sin importar los riesgos en opiniones críticas sobre el sistema político–, me confesó su intención inicial. No había visto a nadie, en todo el barco, con quién pudiera sostener una conversación. Confió plenamente en mí después de haberme oído algunas puntadas críticas contra el régimen de Erdoğan, de haber revisado mis apuntes y de haber expresado la fascinación que le representaba que alguien trabajara con agentes bancarios y que al tiempo fuera un revolucionario enclosetado. Tras una pausa de cinco minutos me contó que pretendía escapar. Estaba en ese barco de turistas para camuflarse con ellos y así, en algún lugar costero inhóspito, lanzarse del barco y huir nadando. Mi primera impresión fue de descrédito. Esceptisismo que sucumbió ante la urgencia con que me hablaba, que iba incrementando conforme movía maniáticamente las manos y su voz aumentaba como si no pudiera contener la pulsión que cargaba adentro.

Bajó la voz cuando se dio cuenta de que podía estar llamando la atención. Yo le dije que contara conmigo, aunque sabía que eso podía costarme una deportación. Él, como si leyera mis pensamientos, me dijo que lo que quería de mí no tenía que ver con política. Tenía claro que esta conversación podía perjudicarme. Por eso quería ser lo más concreto posible para que yo pudiera estar tranquilo.

–No tengo ropa, no tengo nada –me aclaró–. Me están esperando con mis víveres, cerca de aquí. Solo quiero que guardes esta muñeca, que temo perder en el camino de huida. No te detengas a pensar si ella contiene un arma capaz de destruir un continente, o si es una clave secreta para que te identifiquen como un enemigo. Más bien piensa que se trata de un regalo. Un regalo que el destino te dio a ti, elegido entre todas las personas de este barco, para que lo lleves contigo. Esta muñeca contiene un fragmento de mi alma. Durante un reportaje en las tribus del norte de África una mujer hizo un ritual en agradecimiento por haberlos oído. Me dijo que era para entregárselo a alguien especial. Temo no volver a mi familia. Prefiero entregártela a ti para que dispongas de ella, y, si así lo quieres, la guardes en un rincón de tu cuarto. Te traerá buena suerte.

La sacó de su bolsillo derecho y me la entregó, sin esperar a que yo reaccionara. Me dio un abrazo que yo apenas si respondí. Salió corriendo hacia el otro lado del barco. Lo vi como si fuera una película, y yo no pude más que quedarme petrificado con la muñeca de tela roja y negra, adornada con bolitas de lana, lentejuelas y estrellas. Él tiró a un lado la cámara como si fuera un trapo, y se lanzó al vacío del mar con un ágil movimiento de clavadista. Los turistas comenzaron a gritar. Llamaron a las autoridades. Para cuando llegaron él ya era un punto cerca de la playa. Buscaron explicaciones en la memoria vacía de la cámara. Me entrevistaron a mí porque me habían señalado como la última persona con quien había hablado. Yo respondí, después de haber guardado la muñeca con cuidado, que sostuvimos una conversación informal, nada más. El incidente no pasó a mayores y supe después que había sido noticia nacional por el escape de un terrorista árabe, a quien ya le seguían la pista en alguna playa del Mar Negro.

Aún conservo la muñeca, en mi biblioteca, al lado de mi libro de Orhan Pamuk. Cada vez que la miro me transporto al Bósforo y nunca he parado de preguntarme si en el fondo de esa muñeca vive él encerrado. A veces siento que me habla en silencio, que me dicta ciertas frases que escribo sin parar. Tal vez esta historia que cuento sea un susurro de su voz invisible para que alguien sepa que una vez lo conocí.

24 de enero del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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