Cuatro columnas al despertar

Al otro día despertamos en cuarentena, sin saber muy bien qué quería decir eso. Estas son evocaciones del primer mes, a finales de marzo del 2020. El tiempo, el espacio, el cielo y el presente para preguntarse por las consecuencias de la crisis ecológica y sanitaria.

Un día en una semana

Nunca había sentido que una semana durara un día. Las semanas, por lo general, son la síntesis de la vida de un ser humano; incluso los días lo son. Uno siente que cada domingo termina y se prepara, consciente o inconscientemente, al inicio de una semana más. ¿Pero alguna vez nos habíamos cuestionado si era posible sentir que una semana no terminara cuando termina el domingo sino que fuera el día el que se expandiera por un presente continuo, inagotable? Incluso la semana inicia el domingo, como tradicionalmente lo hemos comprendido: el día del descanso, el día en que no se trabaja, el día de Dios, el día del ocio. Estos días parecieran que siempre estuvieran iniciando. ¿Era posible sentir lo inagotable del tiempo presente sin el ritmo acelerado de los días, sin la vida frenética de la ciudad? ¿Era concebible este ejercicio de la quietud, cuando hemos estado acostumbrados al movimiento?

Acaso siempre había sido posible y solo fue la inesperada, impensable pandemia global el motivo casi impositivo. También lo inagotable de este tiempo parece ser una mentira: los lunes siguen siendo lunes, los martes martes, lo viernes viernes (el cuerpo siempre lo sabe). Sin embargo, caemos incansables ante los mismos lugares comunes de volver a la esencia, a lo fundamental, a lo humano. ¿Cuál es esa imposición de este presente continuo que nos es dado vivir? ¿Cuál es la verdad detrás de las cifras? El recogimiento, dirán. El recogerse, repetirán. Sí, el volver a uno en el territorio elemental de los 200 metros cuadrados: ver día a día cómo crece la barba, detallar la piel olvidada, extrañar el sol en la piel. Sí. Todo esto. ¿Qué queda después? Ahora que uno podría sumar a los errantes que aún caminan por los desiertos de avenidas y llenar un estadio con ellos ¿quién se pregunta por el eco de los pasos? ¿Adónde van –como se pregunta Silvio en su canción– los pasos que fueron dados, los pasos que están por darse? 

¿Entonces se trata del tiempo? ¿En eso se resume esta experiencia humana? No lo sé. Imagino a la reina Isabel II en su palacio celestial, huyendo de su propio hijo, inclinada todos los días sobre su propia joroba, pensando qué zapatos se pondrá al día siguiente, aguardando el desayuno para el almuerzo y el almuerzo para la comida. A Trump, de reunión en reunión, oyendo a todos sus asesores sin prestar atención, con el celular en la mano y el cuerpo regordete –la panza a reventar, la esquina de la mesa impulsando el abdomen hacia los lados–, haciendo globos en su cabeza y pensando cuál será la mejor estrategia para hacerse reelegir, mientras –querido Fito– “El mundo se cae a pedazos”. A Maduro –cabeza ínfima, cuerpo estrambótico– en sudadera y llamando a todos sus militares, intentando transfigurarse en Chávez para saber cuál de sus aliados no es otro militar encubierto de la CIA. A Bolsonaro, a Boris Johnson, a tantos y tantos políticos a quienes el volver al ser tal vez sea el camino más difícil, el menos rentable. Aun para ellos el tiempo, este instante eterno, los moldea. 

Hace un mes no hubiéramos pensado que hoy estaríamos equilibrando la suma de los instantes, sopesándolos con las horas y alcanzando la humanidad con un abrir de la llave. ¿Qué pasará, entonces, un mes después? ¿La misma sensación labrada en demoras? ¿El tiempo de la solidaridad? El mundo parece necesitar la comprensión, cada vez más, de quienes se atreven a pensar, no sin antes admirarse por aquellos que enfrentan el virus como el primer escudo humano. Tal vez en el tiempo transcurrido después de las guerras mundiales nunca la humanidad como un todo se había sentido partícipe de una situación común al despertarse y al abrir los ojos. Han vuelto a abrir la caja de Pandora y han llamado este momento, una vez más, por el nombre de la peste. Que esto no nos impida ver que parece sobresalir el vínculo elemental que nos une: la preocupación por el género humano. 

29 de marzo del 2020

Nada bajo el sol, todo bajo el techo

Si no hay nada nuevo bajo el sol quién iba a saber que todo iba a ser nuevo bajo el techo. Hoy Domingo de Ramos la procesión se hace entre la cocina y el cuarto: la homilía de la pantalla hace que las ramas pixeladas se agiten. Algunos sentirán el inicio de la Semana Santa con devoción por que todo esto cambie. Otros verán pasar el día por la grieta de la pared. Unos más continuarán las procesiones que emprendieron hace años: con colchones, costales, nostalgias, cobijas, niños, dejaron a sus familias y fueron tras su propio viacrucis. 

Nos resistimos a dejar de ver lo que desvelan estos días: un señor, al pasar junto a la ventana, le dijo a otro: “Enmascarado y todo pero yo te conozco”. Todo parece un rostro enmascarado que si se detalla se reconoce. Incluso cuando nos vemos en las ventanas –las de la calle o las del computador–, nos fijamos si aún somos nosotros mismos. Sin embargo, hay voces que nos llaman, nos dicen: somos presente, estamos aquí. Estas son tres historias de personas cercanas al corazón que, por el privilegio de estar ahí para oírlas, nos hacen ver su realidad a través de sus ojos.

La única ilusión que tenemos es ver a mi mamá entrar por la puerta. Cada vez que viene mi hermano y yo tenemos que aguantar el impulso frenético de abrazarla y besarla. Solo podemos quedarnos parados, frente a ella, y con un “Hola, mami”, y un movimiento de la mano, intentamos saludarla. Disimulamos las lágrimas que caen. Ella se quita todo al entrar y echa la ropa al cesto, para luego vaciarla en el lavadero. Yo le digo “Hicimos sopa, mami, con arroz y postre de limón”, y ella sonríe y dice “Qué rico, ya estoy cansada de la comida del hospital”. Esperamos a que se bañe y coma. Nosotros solo esperamos: esperamos a que se acueste para salir al otro día al hospital, esperamos a que otra noche se acabe (oscura, silenciosa e interminable), en el sueño o en la vigilia, y esperamos de nuevo a que llegue a terminarse el postre de limón.

Allá todo está igual –aquí, mientras haya con qué, hay que anticiparnos a pedir las cosas al supermercado, y cuando llega el domicilio hay que embadurnarlo todo de alcohol para destruir al enemigo invisible: tal vez ese domicilio gripiento tenía el virus–. Allá todo está igual: la gente no va por los mariscos a los supermercados ni los pide a domicilio: los caza. Allá, llano adentro, mariscar es cazar los animales salvajes en la naturaleza abierta: lapas, picures, cachicamos, cualquiera. Todo está igual, como si nada pasara. Lo único es que no pueden ir al pueblo a mercar porque tienen miedo de que los coja la policía. Nosotros, por lo pronto, pasamos el día aprovechando el encierro: estudiamos, hacemos oficio, mandamos los mercaditos a los que lo necesitan, y miramos los amaneceres y atardeceres del llano esperando el día en que podamos salir a abrazar al nieto. 

Nadie sabe ahora cómo se manifiestan las vocaciones ni a qué nos llevan a cada uno –el único rayo de sol trasciende la ventana; la pausa del desayuno, antes de lavar los platos, se alarga como una oración–. Ella me contaba que estaba muy triste porque su superiora murió –una mujer de ochenta años que toda su vida había llevado su velo hasta confundirse con su piel–. Por todo lo que está pasando se dedicó a repartir comida y cosas de aseo, y tuvo que entrar en contacto con muchas personas, y por eso se contagió. Me dijo que estaba muy triste pero que al tiempo tranquila porque murió siguiendo el llamado de su vocación. 

5 de abril del 2020

El lado claro de la luna

Esta semana nos hemos visto en el lado claro de la luna. Subimos la cabeza y ahí está: envuelta en su propia mortaja, como una ceniza antigua del universo. Sus cráteres desiertos replican cierta aspereza. Esa formación que nos mira desde siempre: sonido gris, silencio áspero. Como un espejo en el que se mira Narciso, la miramos para ver la extraña condición de la luz. La luna flota como un feto en el vientre infinito del universo: luna seca de la que no nacerá ninguna vida, solo el reflejo de la luz del sol que apenas vemos después, como las demás cosas que existen: solo vemos su luz, no las cosas. ¿Quién dijo que el lado claro de la luna era solo el lado claro y no el misterio?

Luna rosa: así han llamado al acercamiento de la luna de estos días de abril. Como el color del musgo rosado que crece en Estados Unidos, al oriente. De ese mismo color han pintado los países del norte la primavera. El acercamiento es de entre 30.000 y 40.000 kilómetros, dicen las fuentes. La luna rosada es el nombre desplegado: el nombre generalizado. Como si ese fuera su nombre natural. Pero también están otros nombres: la luna siembra de maíz o la luna de leche o la luna de Pascua. Aquí en Colombia la luna siempre es la misma porque no hay primavera. Sin embargo, otro símbolo nos pide nuestra mirada, y parece pintar la luna de rojo: el trapo ya no rosado sino rojo que cuelgan de las ventanas las casas de barrios pobres para hacer un llamado a la solidaridad. En Ciudad Bolívar (Bogotá) un ciudadano para un reportaje de El Tiempo dice, con tapabocas hechizo y la piel quemada: “Si no nos mata el virus, nos mata el hambre”, después de gritar: “Somos ilegales, pero también comemos”.

El trapo rojo sobresale mientras que en otras situaciones el color desaparece. Selene, como llamaban la luna los griegos antiguos, ahora derrama su luz sobre el color muerto: los rituales ya no existen, las vidas dejan de serlo desde las camillas de los hospitales, entre riegos de alcohol y desinfectante, con ritos mortuorios de escafandras. Lo único vivo que queda de las víctimas es el virus. Del carro fúnebre al cementerio llevan al cuerpo sin velorio ni entierro. El cementerio parque Serafines de Bogotá –al frente del relleno sanitario Doña Juana: el cementerio al lado del basurero de nueve millones de personas– recibe a las familias que deben esperar tres días hasta que puedan ver en cenizas lo que queda en la tierra. La muerte para otros no solo perderá sus ritos: ni siquiera los tendrá: los cuerpos se irán apiñando entre camiones desbordados hacia fosas comunes. 

La luna y su claridad cenicienta nos sigue: nos dice: “Lo más difícil de ver es lo más cercano”. Tendremos que cambiarle el nombre, buscar otros colores. Porque tal vez el mundo que conocimos no vuelva, pero permanezcan las desigualdades, las discriminaciones. La crudeza del virus no discrimina; el mundo en que habitamos, como diría Judith Butler, sí. La solidaridad no puede detenerse cuando todo cese. La fortuna de subir la cabeza y admirar la luna y vernos en ella, o de cerrar la ventana e imaginarla en los sueños, es la misma fortuna que todo ser humano debería tener. Ahora la reconocemos, y recordamos que antes no nos deteníamos en la luz que proyecta la sombra de las cosas. O no lo suficiente. Solo la ausencia del movimiento nos llama al movimiento, y esa psicología de la carencia exacerbada es el abismo. La luna brilla para detenerse y ser admirada. Nace cuando vemos su luz.

12 de abril del 2020

Somos un instante eterno mientras dura, nada más

Nada más. Pasan los instantes compartidos en la virtualidad social mientras procuramos comprender este presente. Filas de carros de estadounidenses para recibir comida, ampliaciones de las capacidades de los cementerios en Brasil para enterrar los cuerpos infectados, grafitis que piden luchar contra el virus sobre grafitis que piden luchar contra el gobierno –regados por el agua bendita de ahora: los desinfectantes– en Rusia, en Bogotá, en Argentina; buses vacíos, calles vacías, parques vacíos, mercados vacíos, camiones de comida vacíos, y los centros de alojamiento temporal –¿cárceles momentáneas?– en India, en China, llenos, llenos, y los presos de Colombia levantan sus trapos rojos y dicen ¡vivimos! Lo único no vacío es la condición de pobreza, que estremece y avanza su marcha como crece exponencialmente el contagio del virus. 

¿Acaso ese nada más pueda ser un “Nunca más” como el poema de Poe? ¿Nunca más? Ese cuervo que se posa en el dintel de la puerta de los cuartos, o camina sobre las claraboyas y deja su sombra al sol en la cocina, en el baño, en el comedor. ¿Quién es ese cuervo y dónde está? ¿Acaso es, como siempre, una expansión del sí mismo? Cada vez el cuervo parece mirarnos “Y sus ojos tienen la apariencia / de los de un demonio que está soñando”. ¿Qué sueña el demonio y por qué nos dice “Nunca más”? Porque aunque estén vacíos los parques, los mercados, las calles, los camiones de comida no están vacíos los cuartos ni las cocinas ni los comedores. No hay escapatoria. No hay escapatoria del conflicto entre las familias. Las miradas no pueden escapar a través de los árboles, o al ver la incompatible forma de vestir de una persona que pasa por la calle. Porque en la familia están los deseos no contenidos, las expectativas, las primeras y primarias luchas de humanidad. La mente está en la familia: la mente no está vacía.

¿A dónde irá el instante eterno de este instante? ¿Cuál será el “Nunca más”? Procuramos comprender que de esto vaya a haber cambios, transformaciones, ilustraciones. No solo oposiciones entre facciones de la sociedad. Los sistemas de salud, los educativos, los del primer renglón de la economía no pueden seguir fundándose en criterios de precios del mercado. Tampoco nuestros hábitos de consumo deberían estar motivados solo por el consumo sino por la reflexión del consumo. Los mercados de Wuhan hoy están detenidos porque sobre ellos reposa todo el peso de la cultura. ¿Seguiremos desechando las toneladas de comida, criando animales imparablemente, mientras todo cambia para mantenerse igual? Un hombre en Guatemala hoy podría caminar por el centro de Chiquimula y fijarse inevitablemente en que el mercado no se ha detenido porque los ricos deben comer. 

Nada más, nunca más. Un joven estudiante se encierra en su cuarto porque no aguanta a sus papás: “Hijo, lava la loza, no olvides tender la cama”. Quiere escuchar sus canciones solo, pero hay cosas a las que no puede huir: su mamá necesita ayuda, mientras su papá está sentado intentando entender por qué ha perdido la capacidad de decisión. El joven quiere levantarse, quiere tener una vida productiva, sin embargo está demasiado acostumbrado a la rutina de la universidad y solo se mueve conforme tiene una obligación. No puede preguntarle a sus amigos porque están igual. Todos están más ocupados que de costumbre. Nunca había sentido que no podía escapar de su casa. Tiene que mantener la puerta abierta de su cuarto. Quisiera que del cuarto al comedor hubiera mil kilómetros de distancia, pero apenas son algunos metros. Todo pasará mientras aprenda a ver el cuervo a los ojos y a descifrar su graznido. 

19 de abril del 2020

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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