Elogio de la vejez

La cultura encasilla y margina a la vejez. Estas cuarentenas nos han hecho necesitar reivindicar sus sentidos de existencia. El grito que expresan los viejos por querer ser oídos es un grito de un estar existiendo omitido por el trajín y la pedantería.

La facultad de la vejez es mirar el abismo con serenidad aunque se esté cerca del borde. Nadie puede ver tanto como el viejo la eternidad en un paso. El mundo agitado quiere siempre salir de sí: de un lado a otro el mundo quiere verse en otro lugar. Asusta la monotonía porque en ella está la verdad. No es consciente de la cercanía del abismo: es apenas un juego de adrenalina. O solo es consciente de esa proximidad siempre y cuando sea el otro que la padezca –aquel pobre, aquel viejo, aquel gay, aquella mujer, aquel negro–. El viejo, acostumbrado a verse, no le teme a su propio sonido al borde. Ya conoce su cuerpo al filo. El espacio íntimo lo ha conquistado tantas veces que los enemigos internos esperan para tomar tinto viendo caer las piedras por el barranco.

No hay deseo que ya no haya querido conquistar, y sabe que lo que tiene es su deseo. Más allá de la ventana están las cosas que luchan por estar. Él es al verlas. Si hay dudas entonces lo envuelve la certeza de la duda: una identidad que recoge su inteligencia y que, aunque sabe que se acaba, la contempla, y en cada contemplación se despide. La despedida al saludar es su lugar. Con la rabia pasa lo mismo: la ve que lo consume y al verla la siente, y al sentirla la ama, y al amarla la libera. Con la alegría, con la nostalgia es igual. Estas son sus preciados síntomas de estar existiendo. Se mira mirándose en ellas. Es capaz de ver su reflejo en las lágrimas. Sabe que el mundo no se detiene al cerrar los ojos. Por eso sabe que la pared que mira desvanecerse es finita, y como es finita es su hogar.

La espera es la vejez del tiempo. Esta espera no es esperar que el tiempo cambie; es un estar esperando. Así es este tiempo como ha sido: un ir viendo pasar las caras como en un río. Corriente natural, márgenes que ceden y que vuelven a su lugar, piedras suaves de tanto sumergirse. Cuando el río se seca el viejo toma la tierra y siembra; cuando el río avanza el viejo recoge el agua y riega. Las flores son esa vida que ha dado y que recuerda siempre cuando mira la misma pared desvanecerse. Afuera estarán las flores vivas, afuera estarán y serán como son, y la vida ha sido generosa al poderlas ver crecer, y al poder recoger los pétalos para guardarlos cuidadosamente, para después tirarlos al río y ver cómo se van yendo entre el agua y quedarse, así, para siempre, en él.

En la mirada que se desvanece el viejo ve también a un niño. Hay un niño que vuelve a serlo solo a través del tiempo que ha pasado. Recordar la niñez es otra forma bella de ser niño. De andar ya el camino no se anda ni tampoco está hecho: el camino ya está desecho. El viejo sabe que el camino que hizo ya desapareció. Solo hay caminos que vadean ese río del tiempo y que al final llegan al mismo lugar. Se camina no para caminar más: para caminar menos. Allí radica su belleza. El tiempo no es el minutero que cuenta las horas sino la voluntad de sentir el tiempo agotarse al esperar, y en ese esperar existir.

Debe haber algo bellamente rugoso en la vejez. Como también hay fealdad en esa piel lisa y superficial que se resiste a permanecer en su juventud eterna. No hay menos flexibilidad, irónicamente, que la de ese plástico en esa piel. El viejo en cambio descubre la compañía íntima de un cuerpo que ha superado los años. Hay una resistencia llana de quien se sabe ya, de quien ya se conoce. El mundo que elabora con rapidez formatos de cuerpos evita a toda costa la espera. La vejez es resistencia en movimiento lerdo. En eso consiste su flexibilidad. Es sentido de la espera sin desesperar. Por eso estas cuarentenas son su reivindicación. No aquella que habla de un objeto hacedor de hijos –esa pretensión de encasillar la vejez como “nuestros abuelos”– sino aquella que expresa, con los años a cuestas, sentidos de vida al borde del abismo. Esa espera: la paciencia de vivir la belleza de los segundos que quedan.

22 de junio

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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