Contar los rostros de la guerra en Colombia

La persona diaria a través de los testimonios de mujeres en guerra es el mismo ser humano que tras las masacres de los últimos días –en Samaniego y en Cali–, y todas las que les han antecedido, parece ser el que quiere acabar esta guerra colombiana, que se empecina en continuar.

“El ser humano es más grande que la guerra”, dice Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura 2015, en su libro La guerra no tiene rostro de mujer. La Segunda Guerra Mundial, invita a sentir Alexiévich, estaba escrita en los libros de la Historia como un testimonio varonil de la técnica de la guerra, la Gran Victoria del honor y de la gloria. Con los testimonios que ella recogió durante los años de conversaciones con mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial –conversaciones en que, dice ella, leyó las voces, se dedicó a reflexionarse en ellas– esa Historia con mayúscula se volvió más bien una historia en minúscula.

El mito del hombre soviético –el ídolo, el héroe– fue remplazado por la verdad del ser humano común: su condición biológica y fisiológica, sus emociones y sentimientos, su vulnerabilidad e incertidumbre. Comer excremento de caballo para sobrevivir, orinarse encima al sentir miedo. Sentir que uno es otro antes y después de la guerra, y que es otro más al recordar. Tener que asesinar al hijo para que no llore, y de esa manera no ser atrapados atravesando el bosque. Comer la carne del hermano. Ver las ratas escapando antes de que llegue el bombardeo. Sentir tristeza al ver al enemigo al otro día llorando lluvia. Preguntarse si se es humano.

La persona diaria a través de los testimonios de mujeres es el mismo ser humano que tras las masacres de los últimos días –en Samaniego y en Cali–, y todas las que les han antecedido, parece ser el que quiere acabar esta guerra colombiana, que se empecina en continuar. Una guerra que parece ser el resultado de muchas otras guerras que se encuentran (la del género, la de la tierra, la ideológica, la económica), y que confluyen ahora en este tiempo de la historia ahora en crisis mayor por la pandemia del nuevo coronavirus. La única salida es la voz de los jóvenes que sueñan, y son a ellos a quienes están asesinando.

Hoy en Colombia no hay una guerra entre dos lados del mundo sino guerras irregulares como espectros que se asoman y se esconden: los cuerpos de los jóvenes como batallones en disputas territoriales. Dejan a su paso masacres innombrables, estruendos que apenas si pueden ser escritos. Es el horror hablar de decapitaciones de jóvenes o de asesinatos. Pero el gobierno no parece estar descifrando con entereza las causas históricas que hoy resurgen con otras cabezas caníbales, ni tampoco una parte de la sociedad civil parece estar dispuesta a dar un paso al lado y comprenderse como causa de la guerra (aquello que han intentado nombrar como reconciliación). William Ospina así lo aclara: las generaciones siguientes solo podrán gozar los graneros del futuro si se resuelven los orígenes de los monstruos: un Estado ausente en gran parte del territorio nacional, la guerra inservible contra las drogas, la violencia privada, la concentración de la tierra, la falta de conciencia crítica para –de una vez por todas– cortar los lazos del bipartidismo tradicional, vengativo y señorial.

Estamos en Colombia en el pulso de la narración del presente mientras este sucede. Nunca antes la información ha llegado con ese nivel de rapidez, ni tampoco la escritura había surgido con el potencial de nombrar el mundo con esa misma velocidad. Por eso la lucha de las dos guerras de que hablaba Alexiévich entre la oficial (la de los Aliados versus las Potencias del Eje), y la no oficial (que libraban los partisanos de Europa oriental contra los ejércitos alemanes), solo tuvo sentido cuando al relato oficial de la victoria se le contrapuso el relato femenino de los estragos humanos en la guerra. Para nuestro caso, ese pulso se libra, de nuevo, de inmediato: ahora se hace indispensable hallar el relato de la sensibilidad humana desprovisto del discurso solemne.

Como lo dice la periodista Jineth Bedoya, en conversación con Corina Rodríguez en un seminario web de la Fundación Gabo: el relato de humanidad debe rescatarse del relato de la cifra. La cifra pareciera la racionalidad abstracta, que en sí misma presenta un contexto, pero que no abarca el sufrimiento de seres humanos en la dimensión necesaria. La guerra en Colombia es también –y sobre todo– un asunto de género. Escribir la guerra mientras se vive significa reconocer esa complejidad, y actuar en consecuencia. Por ejemplo, la reportera Andrea Aldana, en La trocha, denuncia la crudeza de la trata de personas que padecen las migrantes venezolanas en Colombia, como sus principales víctimas, y cómo en ese negocio algunas autoridades parecen actuar de manera cómplice. No podría dejarse de lado el cuerpo de las mujeres y la niñez como botín de guerra. Incluso, lo que es peor, en las trincheras cotidianas –horas y horas en la casa con el victimario–.

En ese sentido, la guerra que vivieron las excombatientes ayuda a descifrar el panorama de esta guerra, alejado de los Uribes, de los Santos, de los Gavirias, de los Samperes, de los Duques que hablan de procesos como actos solemnes, con su jerga impoluta, ampulosa, pero que no proponen nada con el peso del alma en las manos. Martha Cecilia Herrera y Carol Pertuz Bedoya (en Narrativas femeninas del conflicto armado y la violencia política en Colombia: contar para rehacerse) hablan de la pluralidad de las mujeres que se transforman: de una identidad compartida en las filas guerrilleras hacia una identidad femenina que lucha por continuar su vida. Así se representa en el siguiente poema, La Negra, escrito por María Eugenia Vásquez, parte del documental Mujeres no contadas, dirigido por Ana Cristina Monroy. Este recoge el relato de quince mujeres excombatientes de diversas guerrillas (fruto de una investigación de Luz María Londoño, Yoana Fernanda Nieto y Luisa Dietrich):

En soledad, cada quien inventó la mujer que deseaba ser/. Se vistió de fiesta o de luto/ puso flores y prendió velas/ o se escondió en la sombra/. Guardó silencio o habló desde su sueño/. Se aventuró a cambiar el pasado por un presente incierto/ o ató a los dos con un nudo ciego para no olvidarse de sí misma.

¿Qué soledad deben sentir Uribe, Santos, Gaviria, Samper o Duque? Tal vez Uribe: la soledad del patriarca en el Ubérrimo.

En esta suma de testimonios –que Elizabeth Jelin llama memoria social como parte de la memoria histórica– hay una convulsión del alma, una puesta en la letra del propio dolor. Una implicación al confesar, por ejemplo, cómo se sentía satisfacción al oír el crujir de los cráneos de alemanes bajo las llantas de un camión, al preguntarse por qué los pájaros ya no tienen miedo, al recordar la imagen de la madre colgando del árbol –después de, enloquecida y hambrienta, haber asesinado a una de sus hijas al pedirle desesperadamente que la alimentara–.

Es una historia del alma de los sentimientos, como lo dice Alexiévich, sin dejar que estos modifiquen el hecho objetivo (el lugar, el tiempo, el acto). Implicarse es lo opuesto, por ejemplo, de lo que pareció haber hecho Lina Moreno (esposa del expresidente Uribe) en su carta a la opinión pública: por lo menos una salida por la tangente mencionar el rescate del amor “del terrible fuego febril que enciende el cielo vespertino y lluvioso” sin hablar de la propia responsabilidad, por acción u omisión. No solo es ciego el relato varonil centrado en la técnica, en su propia imagen de ídolo; también lo es el que no se implica.

17 de agosto

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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