La vacuna no es la cura

Es probable que con la vacuna del nuevo coronavirus no venga la cura. La vacuna no podrá hacer nada contra las viejas enfermedades de Colombia ni del mundo. La literatura es una forma de acercarse a la cura a través de la responsabilidad ética.

Se ha dicho con mucha insistencia que esta pandemia ha acelerado los males de nuestra sociedad; no por la pandemia per se sino por el inofensivo ataque a sus causas. Se han puesto, también, las esperanzas en que una vacuna nos permita retomar la normalidad. Sin embargo, si las causas son apenas maquilladas con cifras –poniendo “en contexto histórico” el dolor como lo hace el ministro de defensa Carlos Holmes Trujillo al referirse a las masacres de los últimos días–, estas emergerán de nuevo y de nuevo, con otros rostros de las guerras, y en algunos casos mucho más dolorosos. La “normalidad” era, y ha sido, la normalidad de la injusticia.

La distinción entre vacuna y cura parece darse con soltura: mientras que la primera se refiere a un acto de inoculación para procurar las defensas de un cuerpo, la cura haría alusión a un proceso integral y de largo aliento, un cuidado para una resolución estructural, y la posterior desaparición de las causas. Un ejemplo: por motivos ideológicos –ceguera, conveniencia, intereses y malquerencias– el gobierno de Iván Duque se esmera en asignar las masacres de estas semanas como asuntos del narcotráfico y del terrorismo, y responde ante estas ignominias con “Cuerpos élites”, sin asignar una palabra a las posibles motivaciones principales, diagnosticadas hasta la saciedad: resquicios de poder promovidos por la fallida e inviable guerra contra las drogas, grupos armados de diferentes corrientes que se disputan a la par los territorios (Arauca, Cauca, Nariño, Valle del Cauca y muchos más), economías de mercados no oficiales que arrasan a su paso con todo (territorios, personas, símbolos), y que crecen y crecen, en muchos casos, con la aquiescencia de autoridades.

La cura podría empezar con el reconocimiento de esta complejidad, y no con tildar a las otras posturas –fundadas en el fervor de las comunidades– de meras interpretaciones ideológicas. Así lo ha hecho Duque, precisamente, a partir de su propia falacia ideológica de la violencia y del conflicto armado colombiano como meras cifras de seguridad. La cura es la paz. Una paz que ya había comenzado con la firma de los Acuerdos de La Habana. Una paz que vitoreaba la comunidad de Samaniego (Nariño) –“¡Queremos paz! ¡Queremos paz!”, “¡Justicia! ¡Justicia!”– mientras Duque caminaba con su comitiva y su camisa blanca, sus gafas oscuras como un escondite de la mirada, y alzaba el brazo con la mano empuñada como si esa también fuera su lucha. La comunidad quiere justicia y paz, y usted, presidente, es uno de los responsables de que eso no se dé, no uno de sus voceros. Quítese las gafas ideológicas para ver claramente.

Una manera que el arte y la literatura enseñan para procurar la cura es buscar otras metáforas en el pasado, y comprender, a través de ellas, la realidad presente. El símbolo como otro aliciente de comprensión. A finales del siglo XIX Fiódor Dostoievski escribió un cuento llamado El cocodrilo, que Borges reconoció como una sátira de la “minuciosa burocracia”. Un escrito más de sueño que de pesadilla, con personajes más “deleznables y triviales” que extraordinarios. El recurso del humor y la fantasía en este cuento abre un boquete a la sociedad rusa del siglo XIX, en uso de una crítica latente de los valores narcisistas y autoritarios de la sociedad rusa de la época. El capitalismo, la burocracia, la malinformación de la prensa, el egoísmo, el zarismo: todo esto pasa por la prosa de Dostoievski, quien se destaca por su capacidad de introducirse en las almas de los personajes, y hablar en las páginas como ellos hablarían, haciéndolos contradecirse y, en ocasiones, una misma persona contradecirse consigo misma. Juan Villoro llama a esto una condición peculiar de las historias de Dostoievski, que “avanzan gracias a un principio de contradicción”.

El narrador Semión Semiónich, un burócrata, va contando una historia fantástica en un contexto realista (se dice que Dostoievski tuvo como referente, en este caso, al escritor ruso Nikolai Gogol): un cocodrilo engulle entero al amigo de Semiónich (Iván Matvéievich) cuando, con la esposa de este (Elena Ivánovna), van a conocer al prominente animal en un lugar llamado el Pasaje, en la ciudad rusa de San Petersburgo. Una sorpresa adicional se llevaron todos –incluidos el alemán dueño del cocodrilo, además de la madre de aquel– cuando oyeron los gritos de Matvéievich al hablarles desde dentro del cocodrilo.

Toda la historia siguiente es la búsqueda por parte de Semiónich para ayudar a su amigo –busca a otro conocido suyo, Timoféi Semiónych, para que lo aconseje, y visita constantemente a Ivánovna–, en tanto que Ivánovna aprovecha para pasar mejor el rato con otro amigo suyo, y el alemán y su madre encarecen la entrada del lugar, a propósito del suceso extraordinario. Todos buscan cómo beneficiarse, nadie, excepto Semiónich, se pregunta nada. En cuanto a Matvéievich –el hombre comido por el cocodrilo–, se dedica a decir que era el mejor de los eventos que le pudo haber pasado, a describir cómo es de generosa su inusitada vida nueva, y a decir que, de ahora en adelante, sería una celebridad por su capacidad de comprender el mundo, como genio en el que se había convertido.

El cuento toma otro giro cuando, en los periódicos de la época, Semiónych se entera de que el evento es interpretado de dos maneras diferentes, más por rumores que por verificación de hechos: por una parte, fue el hombre, un gastrónomo peterburgués, quien se comió al cocodrilo; y, por la otra, fue la responsabilidad del hombre, un ebrio gordo, al haberlo molestado. De manera que, después de todo lo sucedido, Semiónich queda consternado, y comienza a sentir la vergüenza de su vida puesta en miras de todo el mundo.

Este cuento lo traigo a colación porque, desde que comenzó la pandemia, hemos creído que somos víctimas del cocodrilo –el virus maligno que nos acecha, la violencia electrizante–, pero, en verdad, somos el virus del cocodrilo: el hombre arrogante que se hace engullir por el cocodrilo, sin prestar ninguna atención al peligro, y, después de que todo ha sucedido, se hace la víctima y cree poder enriquecerse, aprovechar ese episodio para vanagloriarse de sí mismo y decir unas cuantas tonterías como si fueran verdades últimas, en el encierro de los días.

Se trata entonces de una conclusión ya dicha, pero indispensable: la cura no es la vacuna del cocodrilo (asesinarlo y sacar al flamante hombre insignificante) sino el reconocimiento de que el cocodrilo fue inducido a comerse al hombre. Todo el mundo intenta ganar: el gobierno, con sus respuestas de campaña, que no asume responsabilidades, y se aprovecha de la vida del cocodrilo para acumular ganancias y llenarse de vanidad; las grandes potencias si ponen –como parece– el privilegio por encima de la dignidad, sin preocuparse de garantizar la vida del cocodrilo y del hombre; aquellos medios que no asumen la responsabilidad ética, y solo comunican sus contenidos para la vanidad de los rumores. Solo en la vacuna no está la salida, está en la cura; y la cura emerge de la responsabilidad ética de los miembros de la sociedad.

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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