Las luces detrás de los rascacielos de Chicago

Más de 130 años de seriedad terminaron en tres tímidos segundos 

Cuando entré al metro de Chicago me enteré de una verdad incalculable: me dieron unas ganas de reírme que no contuve, y al instante sentí que había sido la primera persona en haberse carcajeado desde que ese metro se construyó. Mi hermana me dijo después que también sintió lo mismo, y no lo habíamos comentado. Me reí porque sí, desprevenido, aunque al mismo tiempo sopesando, midiendo cada sonido. Más de 130 años de absoluta seriedad que terminaron en tres tímidos segundos. Percibí haber roto una especie de ley secreta pero sabida que nadie podía ni quería quebrantar. Por lo que no me pareció extraño que los sujetos esporádicos, algunos de ellos más tirados que sentados, me miraran con asombro: ¿por qué osa este extranjero orgullosamente aindiado perturbar la quietud de la desesperanza, la soledad vacía de ojos tristes detenidos en el piso mugriento del metro?

He vivido algo similar en el Transmilenio de Bogotá, pero los letreros de prevención de suicidio, las curas en el piso, las historias de las jeringas encontradas en las esquinas, el hombre dormido, polvoriento y raquítico con dientes salidos y un cuchillo en las manos; todo esto no creo que sea, tal cual, replicado en Colombia. Julián, un amigo colombiano que ha estado en Chicago durante 10 años trabajando como mesero, me dijo esta verdad:

–En Colombia por lo menos roban o atracan por necesidad, aquí porque sí, porque lo miraron mal.

Cuando él dijo eso, un hombre había acabado de gritarnos como si fuéramos sus peores enemigos, con el tono de la última cosa que diría en su vida, antes de caer al abismo: “¡Yo no lo voy a hacer! ¡Yo no voy a hacer eso que dices tú!”. Daba la impresión de que todos habíamos estado discutiendo durante la corta noche. En donde estábamos era una estación fría de bus de una calle oscura, ya entradas las diez. El hombre de piel negra tenía puesto un pasamontaña; era corpulento y estaba envuelto en ropa de días; le antecedía un rostro que por los gritos revelaba desespero. Nosotros, intuyéndolo más que advertidos, continuamos el camino mirando el piso, casi sin atrevernos a movernos. Sentimos, cuando lo pasamos, aquietada en nuestra espalda, la mirada furiosa de aquel hombre ensombrecido. El único que miró atrás –como si se hubiera atrevido a quedar convertido en una estatua de sal– fue Julián. Lo hizo de reojo, como quien mira sin ver, más para constatar que todos estábamos juntos que para verlo a él. 

–Se quedó esperando a que reaccionáramos. Uno no puede hacer nada porque peligra que cojan una pistola y ahí sí nada que hacer. 

Todo el mundo a lo suyo

Otra imagen que recuerdo en el metro es la de un hombre aún latino, boina desgastada y gafas de miope, tocando los bongos en la única orquesta de salsa del mundo que se caracteriza por ser infeliz, compuesta por él y el arrullo abismal del metro. Nadie decía nada en el metro casi vacío, y él usaba la silla en que estaba sentado para sacarles sonidos a los materiales: el metal brillante y el plástico apagado. También comenzó a cantar y nadie lo oía. Salía del corazón la voz entristecida con tanta fuerza que sonaba rasgada. Cantaba y cantaba, tocaba y tocaba y no se cansaba sino que quería seguir y seguir, y yo lo miraba desde una esquina de incógnito, y me sentía como él cantándole a la nada; un cantante de voz rasgada que no llega a ninguna parte, que se va con el viento verde de Chicago, como practicando la antesala a un encuentro desafortunado, o como reinterpretando la música que le sale del cuerpo sola y que no ha podido tocar en compañía porque todo ha estado quieto. Quieto todo, menos las articulaciones, el corazón que siempre encuentra la forma de hacerse sonar. Una voz que decía: “Déjame tranquilo, corazón, que quiero vivir y dar vida”.

El día en que nos encontramos al hombre gris, pasábamos por un barrio en donde nosotros, unos colombianos, habíamos comido sushi preparado por tailandeses oyendo canciones de Taylor Swift. La globalización, sin embargo, no llegó a Chicago con la mentalidad sana. En una ciudad de más de 30 rascacielos, edificios de todos los tamaños y gustos que bordean y reflejan el río verde de Chicago; en una ciudad con metro de cien años, más patriótica que cualquiera, de vientos fríos en primavera, de flores púrpura, de jardines de tulipanes en las calles; a esa ciudad con aires nuevos, aún le cabe la pregunta inminente de cómo protegernos de nosotros mismos.

Todo el mundo a lo suyo, sin importar si se es un combatiente solitario o un músico sin orquesta: así parecen darse las cosas en Chicago. A pesar de eso, de esa especie de individualismo esquivo, las fronteras entre los barrios son estrechas e invisibles. De suerte que uno como Ravenswood tenga de vecinos tres o cuatro tiendas de acampar debajo de un puente, con una sala de sillas de madera campeando a la intemperie. Muchos de ellos viven así porque solo de esa manera pueden cobrar un dinero para el día a día sin tener que probar que no se han drogado o emborrachado. Hay albergues que ofrecen chutes y noches en camas comunes. Hay quienes prefieren esta vida transitoria. Otros, sin papeles y sin familias, no tienen cómo elegir. 

Porque la calidad de vida depende de un título oficial que acredita al portador como ciudadano. Las oportunidades son más claras para quien tenga los papeles en regla. El amor en muchos casos se circunscribe a quien sea capaz de ofrecer la ciudadanía. Después de adquirida, cualquier derecho puede desecharse: léase vacunas, léase la vida misma. Mariana y Julián, nuestros anfitriones, nos contaban que, durante la cuarentena, hubo restaurantes como McDonalds que cerraron porque la gente no quería trabajar, pues les llegaban mejores ingresos por estar desocupados. Ese es el peso que viven los países ricos: todo garantizado no es suficiente. 

Las máquinas no remplazarán las manos

Aún despertando del letargo, escuché varias veces la frase que tal vez es la más dicha por estos días en todo el mundo: “Antes de la cuarentena, esto crecía así”. Aún se sentían entonces los despojos de un tiempo congelado en algunas tiendas cerradas, en la lejanía de las miradas, en el llamado constante al distanciamiento social. Las máquinas cada vez copaban más los espacios de los humanos: meseros como pantallas en restaurantes de esquinas, azafatas robóticas esperando a los viajeros, tiquetes móviles, guías en museos al alcance de una aplicación. El mundo ya no es un pañuelo sino una vidrio táctil. (En el aeropuerto de Washington, incluso, vi un piano tocado por un músico invisible; los sonidos eran, como era de esperarse, insufriblemente maquinales: repeticiones de notas sin ningún matiz). 

De todas maneras, ninguna máquina podrá remplazar la diversidad que va surgiendo debajo de los rascacielos y que se va apoderando de todo el valle que bordea el gran lago de Míchigan –que es en realidad un mar–, en la esquina que le corresponde a Illinois. Barrios de chinos, de latinos, de polacos, de paquistaníes, de hindúes, de tailandeses, a quienes les corresponde, como si fuera la labor cultural característica, una tarea específica en la vida económica: taxistas, vendedores de tienda esquinera, dueños de restaurantes, y su largo etcétera. Como decía Julián, hay un mexicano en el 90% de los restaurantes, de mesero o lavando platos. Cualquiera latino, caminando por la avenida Míchigan, puede oír sin querer un acento venezolano, chileno o argentino cantando entre los edificios de ventanas como espejos. 

Esta ciudad no sería nada si bajo los rascacielos no estuvieran, en sus bases mismas, los cientos de miles de inmigrantes que los sostienen. Julián decía que en la zona metropolitana de Chicago hay más polacos que en Varsovia, la capital de Polonia –una afirmación que parece ser tan cierta como que el mejor museo de Chicago, el Art Institute, no sería nada si no fuera por las obras griegas, francesas, alemanas, africanas, americanas, españolas, chinas, hindúes, sumerias, holandesas, latinas, romanas, y su otro largo etcétera–. Por ejemplo, muchos niños ricos no conocerían un pedazo del mundo si no fuera por las au paires que llegan de países como Colombia. 

Por ellas –algunas veces son ellos– conocen el cuidado de una madre cariñosa; algunos de estos niños están condenados a reproducirse entre su propia clase, como si fueran reductos de la realeza, compuesta no de sangre cuidada a través de milenios sino de una surgida en la riqueza de cierta época que se ha mantenido en su gueto durante pocos siglos. En estos casos, no hay provincialismo más socavado que el de estas clases superiores: su ciudadanía del mundo se acaba cuando empiezan a sentir que su cosmopolitismo tiene tan solo algunos pies cuadrados. 

09 de mayo del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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