El ingenioso Arango gana premio consecutivo de terror

Autoretrato Mano en la frente, de Käthe Kollwitz

Por cuarto año consecutivo la Academia Mundial de Historias Fantásticas ha decretado que el Premio a la Obra de Terror del año se lo lleva Enrique Arango, llamado el escritor silencioso. Este premio fue otorgado por su esmerada narración personal a propósito del silencio. Arango destinará el reconocimiento a la Liga Internacional para el Mutismo Voluntario (LIMUVO), movimiento internacional inspirado en él para el fomento del derecho a no decir nada.

El abordaje terrorífico de un hombre que se esmera en mantenerse callado no solo ha aterrado a toda la audiencia. Ha puesto también en tela de juicio los principios básicos de nuestra sociedad. ¿Cómo este escritor decide mantenerse en silencio y logra el éxito en un mundo que vive del bullicio? “Es aterrador sentir que a lo largo del Testimonio en una villa silente –su última obra– este hombre tanto desea el silencio como lo necesita para existir. No para de preocuparse y desesperarse cada que alguna pregunta lo obliga a tener que hablar”, dice así una de sus más próximas lectoras.

A duras penas veremos en la historia un acontecimiento similar. Justo el año en que más obras se han publicado de tan alta calidad como Vives la dicha de repente de Jairo Feliz, La furia de Inés Bravo o Intimidades de un puñetazo en el ojo izquierdo de Gabriel Vargas Llosa, un nuevo galardón para Arango es ya la muestra de que su paso por las letras dejará una huella infinita y, aunque silenciosa, inabarcablemente ruidosa.

Se han publicado más de mil novelas en lo que va corrido del año. Las personas invierten más en libros. Los ponen en sus carritos de supermercado como si fueran el postre o el plato fuerte. Esto se ha intentado comprender bajo el supuesto del creciente gasto público que el gobierno nacional ha hecho en cultura y en educación. Sin embargo, según los expertos, se trata más de un fenómeno cultural que sucede en el mundo: la necesidad de una compañía, algo para que los ciudadanos puedan darle un sentido a su vida y acercarse a su yo interior.

Es por esto que la idea de otorgarle una vez más el Premio a Arango es más que una cuestión de cifras. Significa que la Academia ha reconocido también el deseo de la gente de aterrarse con el silencio. Algunas voces críticas han emergido, aduciendo que se trata de un escritorzuelo “que lo único que ha hecho es, altivamente, apropiarse del silencio como su única fuente de inspiración”. Otra voces afirman: “no hay derecho que, en más de la mitad de sus libros, haya cien o ciento cincuenta páginas destinadas a no llevar ni un tachón. Pasando como lo estamos por una crisis ecológica, en la que cada vez se talan más árboles para fabricar libros, es no menos que una locura: un acto de profunda vanidad”.

Frente a estas preocupaciones, su agente literaria –la contactamos a ella porque él nunca responde; aún los medios no le conocemos la voz–, Margarita Rosas, ha dicho que en las editoriales en que se han publicado sus libros existe la política de impresión con reciclaje y con papel de flor. Frente a lo primero, ella refiere: “Nadie es dueño del silencio, pero tampoco nadie es dueño de la tradición”.

Sus libros de terror han aturdido cada hogar de la patria durante estos últimos años. Los estudiosos de su obra han reconocido varios tipos de silencio, que abarcan toda su escritura, desde los primeros cuentos de mudos cuando Arango pasaba por su adolescencia, los ensayos posteriores impronunciables y ausentes de sílabas, y sus novelas más caóticas en que los personajes sostienen diálogos de una sola palabra. Como una reestructuración del tiempo de la narración y del espacio, estos silencios parecen promover una vida ascética, una estética de la nada, que de solo pensarla provoca en los lectores una ausencia de símbolos hacia el desespero.

Los lectores sienten náuseas, experimentan la desazón y, de alguna manera, vivencian aspectos que tal vez ya habían olvidado. Acostumbrados a que las historias les sean contadas con minuciosos detalles, que casi no tengan que pensar con las imágenes expuestas, ahora experimentan una especie de masoquismo del intérprete. Ya es común para los transeúntes asustarse con los gritos inesperados de cualquier gentilhombre sentado en la silla de un parque.

A propósito de los últimos registros de los decibeles sonoros en espacios públicos, que el gobierno nacional ha mostrado con preocupación, contrasta con ellos el silencio que evoca la casa del escritor. En los informes estatales se concluye que hemos llegado a niveles de ruido tan altos que un inofensivo parque produce tanto murmullo como el de un estadio de fútbol. En cambio, la casa que ahora habita Arango pareciera una muralla antisusurros: una especie de monumento al silencio.

Elevada en lo alto de una montaña, encerrada en una burbuja de vidrio, se ve esta casa minúscula rodeada por la rocosa disposición de la tierra, como una posada de juguete. Una construcción como las que se instalan en los enramados de los árboles para que jueguen los niños. Dicen que Arango vive allí junto a su esposo y varios perros, y que se pasa las mañanas en busca de silencios entre las cosas, y las tardes mirando entretenido la forma en que el sol se pone. Algo de sus silencios podría ayudarnos a comprender nuestra vida, y la intención del arte: habría que dejar que las cosas hablaran por ellas mismas antes que andar nombrándolas como si tuviéramos el poder de crearlas.

14 de junio del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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