¿Qué le queda a la biografía?

Un ensayo sobre el género de la biografía y su futuro

Los libros, la literatura y el sabor del café

Si una pregunta parece latente durante este tiempo, que tenga que ver con la literatura, es sobre su utilidad. A pesar de esto, el que sea latente no la hace ni interesante ni mucho menos válida: solo demuestra que, como cada cosa que pasa en este mundo, hay detrás un economista o un abogado preguntando bobadas. Así se los obliga a preguntar su modelo mental. El mundo económico hegemónico gira en torno de las preguntas sobre la utilidad de las cosas. Me perdonan los economistas y los abogados: es con ánimo de ofender. Como quisiera darle un peso intelectualoide de literato cerebral, o de filósofo barroco indescifrable y posmoderno, con el objetivo único de que estas palabras sacadas de la nada tengan alguna validez, entonces cito a nuestro escritor de cabecera, al que siempre sacamos debajo de la manga. A Borges. Le preguntaron al ciego vidente la estulta pregunta de para qué sirve la poesía. Esto respondió:

“Dos personas me han hecho la misma pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte?, ¿para qué sirve el sabor del café?, ¿para qué sirve el universo?, ¿para qué sirvo yo?, ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?”.

A la pregunta de la utilidad de la literatura se le suma la variante de la futura existencia del libro en físico: tal y como lo conocemos, con papel oloroso que con el tiempo se vuelve amarillo: una criatura en espera permanente que lo mira a uno con la paciencia de un sabio. No sé si esta otra pregunta sea igual de boba que la anterior, que su hermana, pero también me pregunto si no hay pregunta que no sea estúpida, y si hay estúpido que no pregunte. En cualquier caso, digo que es otra variante porque ambas conservan un ligero sabor amargo que deja entrever el ocaso de la literatura; su muerte, sus estertores. Una pregunta malaleche de cualquier imberbe mental, que se precie de ser racional, con superioridad moral porque leyó uno que otro libro de Smith, uno que otro de Hayek o de Friedman, y que con eso ya puede descifrar la existencia de todo ser humano, de todos los países, del mundo y de sus seres vivos, de todo el universo. Amén.

En fin. Me perdonan esta inquina. Sigo: que esas preguntas no tienen sentido porque el ser humano es literatura, y la literatura es libro. Píntela como quiera que yo se la coloreo; póngala como quiera, Albeiro, que aquí le respondo con tres palabras en la mano. El que esté libre de poesía que tire la primera piedra. La literatura vive en una contemplación, en un detenimiento, en un inconformismo; el libro vive en una idea, en una voz, en un sueño compartido. Fuera de la rapidez frenética, de las fórmulas hirientes de los bots, de los algoritmos que aligeran el pensamiento, embrutecen el espíritu, limitan el alma, hay un sentido que se les escapa: el que se descubre cuando en la piedra hay un poema. Cuando alguien se levanta después de dormir, y ve a través de la ventana un amanecer pintando el mundo como un nuevo nacimiento, y ese alguien solo se preocupa por verlo, por sentirlo, así sea que después en un arranque digital tome la foto y la comparta en Instagram, ahí hay literatura, ahí hay un libro. Todo lo humano es literatura, todo es susceptible de ser expresado.

Si esto es así –¡y cómo no va a ser así! ¡Claro! ¡Les habla un experto en el arte de decir nada!– no hay razón para limitar la percepción, los intereses. Otra cosa es que resulte mal, incoherente, desajustado, básico, monótono. Ese es otro asunto, de lo que depende en gran medida la forma de expresarlo, el cómo. Para usar el término felizmente citado, con gran pundonor y ecuanimidad, todo le sirve a la literatura: entre más hallazgos haya, entre más se corran los velos morales, culturales, interiores; o, del otro lado, entre más se interioricen los propios prejuicios del yo, entre más se desencadene la ira propia y natural; entre más de esto y de aquello, más vive la literatura. Ya sea un poema trasnochado, un cuento borrador, una novela mamarracho, una canción desprevenida en un cajón; ya sean solo palabras escritas por un náufrago en el océano virtual: son literatura. Mientras haya manos, lápiz y papel y un corazón que llore, hay libros.

Toda vida merece ser contada (y olvidada)

Por todo lo cual, cada vida merece ser contada. Toda vida, sin excepción. Aunque no cualquiera tenga la valentía de exponerse, desde sus orígenes más apartados hasta la actualidad incesante, la monotonía del presente. No todo el mundo quisiera mostrar su camino. Desde la Edad Media, o antes con Plutarco y sus Vidas paralelas de célebres griegos y romanos, hay un interés por la vida: de qué manera una existencia particular ha logrado escabullirse por los sinsentidos del destino. En el caso de la Edad Media, con el género de las hagiografías escritas para exponer una moralidad cristiana de santos y eruditos. Por ejemplo, la compilación de Jerónimo de Estridón o San Jerónimo llamada De Viris Illustribus, en latín, recopilada en el siglo IV, que consiste en un prólogo y ciento treinta y cinco capítulos, cada uno con una breve biografía de un cristiano ilustre, a fin de demostrar el legado erudito del cristianismo.  De manera que antes, hace dos mil años, o hace unos setecientos o seiscientos años, eran hombres de interés, que representaban ciertos parámetros intelectuales y morales, de los que valía la pena escribir. Hombres como dioses, como elegidos, ungidos por la divinidad.

Ahora, cuando el mundo parece agotarse a sí mismo, la pregunta hermana de las otras que ya dije surge como un elefante: ¿para qué contar una vida que a nadie le importa, como no sea a los familiares y amigos? ¿Para qué sirve eso? Señor Albeiro, entiendo que su vida profesional no le permite pensar más allá de sus vestidos. El punto es este: precisamente porque toda vida, en la que puede surgir el arte, vale la pena ser contada. Ahora las normas culturales no las ponen la Iglesia ni los valores griegos o romanos, sino el mercado y los likes. Según esto, una vida vale más que otra por el hecho de que tenga más followers. Hay en las librerías más libros de personajes que nunca han escrito una página que de escritores que durante años han buscado una oportunidad de publicar, así sea para después, con el tiempo, quererse olvidar de eso. Entonces se trata de asumir, estimado Albeiro, una postura humanista.

Además, ya se han ocupado tanto los escritores y biógrafos de estadistas, famosos y cantantes que para qué sumar otro libro a las columnas de volúmenes sin leer con portadas en las que aparece el rostro del susodicho con la cara lavada y sonriente, al mejor estilo de Photoshop. De combatir esto se han encargado autores posmodernos, feministas y demás ismos que han surgido ahora: las historias de vida, relatos de vida, la autobiografía, la escritura argumentativa más que narrativa, la autoetnografía han esbozado el surgimiento de los yoes antes invisibles. Las vidas de los negros antes esclavizados, de los trans antes excluidos, de los pobres antes olvidados, de las mujeres antes violentadas (digo antes, pero es un aún ahora). Todas estas “subjetividades” (como les gustan decir a los académicos) forman parte de la renovación del género biográfico, hoy en día, y propugnan por una reivindicación del género más allá de lo importante para los encabezados de los periódicos.

La imaginación poética del biógrafo: el puente entre la información, el mundo y su yo

A pesar de esa voltereta del género, aún se conservan los debates que en el siglo XIX y XX hicieron parte de las preguntas que los biógrafos se hacían. Una de las más importantes, sino era la más, ahondaba en cuántas mentiras les caben a las biografías. La tradición canónica literaria separa los mundos de los géneros en ficción y no ficción, en sucesos comprobables, verificables, validables (dentro de los que están las biografías), y en sucesos que no los son: como diría Virginia Woolf sobre la ficción: hechos que solo requieren ser validados por el artista. En su ensayo, El arte de la biografía, invita a pensar que el biógrafo serio –algo que ella no era del todo, pues su genio era todo menos serio– debía limitarse a hechos que sí habían pasado, y por eso el biógrafo se ciñe a documentos y entrevistas que le permitieran afirmar lo que afirma, y por eso la biografía es un género menor, en comparación de las novelas, el campo real de los artistas.

Para ella, el biógrafo es un artesano que debe hacer equilibrios imaginativos para que sus elaboraciones sean valiosas. Como está limitado y no puede inventar nada, debe sacar al máximo sus recursos toda vez que quien lea quiera seguir leyendo. No le interesaba a ella mostrar “insípidas efigies” de sus difuntos, sino insinuar que en ellos había “cicatrices y arrugas”. Woolf afirmaba que había que “admitir versiones contradictorias de un mismo rostro”, colgar “espejos en rincones extraños”. Ningún hecho es tajante y todos son susceptibles de ser reinterpretados. El biógrafo es el canario que le avisa al minero cuándo está en peligro de morir por los gases subterráneos: es un visionario, adelantado a la sociedad, que le cuenta a ella cuándo se empezará a asfixiar por los gases morales. En ese margen de maniobra, aún está todo por hacer.

Todo por hacer, como lo hizo ella. Escribió la biografía de un perro, Flush, en la que iba mostrando a la par la vida de la poeta inglesa Elizabeth Barrett. En su obra la escritora representa las sensaciones de Flush, las escenas con su ama, las circunstancias: su vida en el encierro, en Italia, en el campo. Aunque parte de cartas de la poeta, no deja de construir escenarios, proponer momentos, representar mundos. Escribió también la biografía de su amigo, crítico de arte, Roger Fry, en la que sigue a pie juntillas los criterios de las biografías, con una investigación prominente y rigurosa, y de vez en cuando deja pasar suspiros de recuerdos de quien fuera íntimo suyo, miembro también del grupo de Bloomsbury. Escribió el Orlando, una burla al tiempo que un homenaje –sí, Albeiro, como El Quijote–, una novela con nombre de biografía, en que tergiversa los tiempos y los géneros, y pone de relieve los detalles, el amor, la poesía, sin épicas ni epopeyas.

Entonces, como lo verá, estimado Albeiro, el genio de Woolf es todo menos serio. En estas obras trasluce no un biógrafo que quiera ser neutral, y que se muestra como la verdad de Dios, todopoderoso, padre eterno, sino uno que a través de la poesía de los hechos deja clara la validez de la vida del biografiado. Según Stefan Zweig, como Woolf más que un biógrafo un escritor, se trata de probar que la historia es también una poetisa. Lo que no significa no preocuparse por la prosa y la forma en que se expresan los hechos. De hecho, parte de los biógrafos que como él renovaron el género en el siglo XX (entre los que están Emil Ludwig, André Maurois y Lynton Strachey): tenían en su modelo de escritura el de la novela. Un poco más arriesgados que Woolf en su intento por exponer el yo, partieron de la base de buscar los niveles público, privado e íntimo de las vidas que les interesaban; las complejidades psicológicas de sus personajes históricos, y, en algunos casos, a través de la expresión imaginativa.

Lo cual ha hecho, menos intencional que por obra y gracia de sus deseos escondidos, que las biografías sean al mismo tiempo autobiografías del autor (en el sentido de que expresa también partes del yo de quien escribe: es obvio, Albeiro, que no se trata de autobiografías completas). Zweig, en la biografía de María Estuardo, tiende a caer, por ejemplo, en el prejuicio de considerar que toda mujer es una máquina de pasión y de amor: “Siempre es la pasión lo que descubre, en una mujer, lo más íntimo de su alma: siempre y sólo en el amor y las cuitas es donde el primero alcanza su propia medida”. Sin embargo, saliéndome de ese juzgamiento cancelador (tan propio de esta época), eso no quiere decir que Zweig deje de ver la profundidad de la vida de Estuardo, y que lo haga a través de una prosa poética, derivada de su lectura documental y de su espíritu amplio y profundo:

«Como en un sueño, donde todo se desvanece como coloreado de una apariencia de velo, se ve con sus trajes de boda y de coronación, y antes de que pueda comprender esta precoz primavera con despiertos sentidos, todo está ya deshojado, marchito, pasado, y despierta desengañada, saqueada, robada, destruida. En la edad en que las otras mujeres sólo comienzan a desear, a esperar, a apetecer, ha pasado ya ella por todas las posibilidades del triunfo, sin haber tenido tiempo ni lugar para comprenderlo espiritualmente. En esta arrebatada precipitación de su destino, se encuentra también, encerrado en germen, el secreto de su intranquilidad y de su carácter descontentadizo; quien tan temprano fue la primera figura de un país, la primera de un mundo, nunca más podrá satisfacerse con una mesurada existencia. Sólo las naturalezas débiles renuncian y olvidan, mas las fuertes no se acomodan y desafían en combate hasta al más poderoso destino».

El Napoleón de Ludwig, a su vez, es otro caso de que uno recuerda más los pasajes hondos en que describe la batalla de Waterloo, o el destierro de Santa Helena, o las intrincadas peripecias amorosas del emperador, que la cita exhaustiva de documentos y más documentos. Ellos demostraron que era posible unir los mundos de la novela y la biografía por medio de la imaginación poética: sin inventar nada, sin pasar el límite de acomodar la narración según la conveniencia, pero interpretando la vida a partir de su yo, volviéndola palabras, y dejando que los hechos, que las cosas en la sucesión del tiempo, hablen también. Más que la erudición del conocimiento, lo que muestran estos autores es la sensibilidad del investigador sobre las cosas, sobre las vidas que se entretejen consigo mismos.

Los canarios de ahora

Te preguntarás, Albeiro, ¿a dónde ha ido a parar todo ese río de posturas? ¿A dónde ha llegado el género al cabo de los años, de dos mil años de historia, para unos, y, para otros, de tan solo algunos siglos? Sea como fuere, si hay una voz que parece haber emergido en los años últimos es la de un yo que no teme compartir sus prejuicios, un yo que no teme decir este soy, este no, tengo este límite, este otro me acecha, de aquí es de donde vengo. Ello por un lado. Y por el otro: llegar a torcer los límites de lo posible, las formas estrechas de concebir la escritura, y lograr otra cosa, para demostrar tal vez que estamos vivos, o por lo menos que aún no estamos muertos.

Por lo demás, si hay algo que expresen las biografías indirectamente es que son hijas de su tiempo. Son el reflejo de los parámetros morales del éxito del tiempo en que aparecen; y, en oposición a ello, para quien sea consciente, también son la posibilidad de llevar la contraria: aún nos quedan biógrafos que cantan como canarios, al decir de Woolf, para advertir la asfixia moral. Estos últimos son la excepción, aunque nos baste con ellos. Hoy las biografías son escritas no por escritores que pretenden auscultar el alma humana, sino por técnicos o profesionales contratados por estrellas a quienes les parece seductor hacer constancia de su paso por el mundo, aunque no sea más que un acto vanidoso. En las librerías hay biografías de políticos en elecciones, hay biografías de políticos nostálgicos del poder, hay biografías de futbolistas, cantantes e influencers escritas por escritores negros o fantasmas, hay biografías en homenaje a una vida que solo así podría hacérsele homenaje, hay biografías con la única intención de ser una defensa estratégica para sí mismos.

Esto sobre el mercado de los libros, que no es igual, ni mucho menos, al mercado de la literatura, ni tampoco a la literatura en sí misma. Porque en otros ámbitos las biografías han cobrado el rostro de autobiografías, yoes de vidas antes invisibles, cuyas intenciones no son la de explorar las aperturas del género, trascender lo que antes se hubiera dicho, explorar el lenguaje y la investigación, poner el espejo en lugares en donde antes no se había puesto. Más bien tratan de argumentar su posición en el mundo. La vida, para estos cosas, se convierte en un medio a través del cual ejemplificar una lucha ideológica; y la narración lo mismo.

En otro lugar, hijos de Woolf o de Zweig, por tradición literaria o por búsqueda artística, están las biografías escritas por García Márquez y Fernando Vallejo. García Márquez escribe una biografía novelada, El general en su laberinto, que bebe de documentación histórica y al mismo tiempo evoca a un general Bolívar en decadencia, durante su último viaje por el Magdalena para ir a morir al Caribe, con cinco países liberados pero con infinitas nostalgias encima. La historia de un héroe triste es el retrato que rehúye de la pompa libertaria –incluso de la epopeya, del relato original de los pueblos, en que un semidios bendice el suelo con sus pasos y sus muertos– y, en su lugar, humaniza el mito, sin dejar de considerar las fechas, nombres y hechos que sucedieron. Es una biografía de lo posible, sin abandonar la narrativa.

En cuanto a Fernando Vallejo, con sus biografías sobre los poetas Porfirio Barba Jacob, José Asunción Silva y el filólogo Rufino José Cuervo, el yo apoteósico conversa con el polvo de la historia. Comenta, acompaña, enseña, muestra el proceso detectivesco. No teme exhibirse; antes se devela, cuenta sus prejuicios, sus miedos y sus preferencia. Preferencias morales que comienzan con quienes ha elegido para biografiar: poetas escurridizos, cuestionadores, por sus vidas disolutas y diferentes, de la moral católica y, como diría él, artistas de alma grande, sensibles de corazón, transeúntes empedernidos. Si hablamos de Barba Jacob y de Silva. Si hablamos de Cuervo: el cuervo blanco, el colombiano que no aspiraba a ser presidente en un país de aspirantes a presidente –por sustracción de materia–, el que amaba más a la lengua que a sí mismo. Poetas y artistas, por un lado, y un filólogo canonizado por Vallejo: san Cuervo, que intentó atrapar la lengua en el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana.

Para García Márquez sea la nostalgia, para Vallejo sea la lengua. Ya sabe, pues, Albeiro, que de esto se trata un poco la cosa: de procurar lograr otras miradas que inspiren los debates, que abran otros caminos, que busquen otras llaves. Ir a contracorriente es un sentido de las buenas biografías, y una condición para comenzar a vislumbrar el horizonte de los nuevos pasos que le quedan a la humanidad, si es que de eso aún hay. Pues una vida no es otra cosa que el paso del mundo sobre los hombros de un ser humano, lo que hacen las cosas con la existencia, y cada persona es la síntesis de todos los seres humanos. Espero, muy comedidamente, haberlo enredado, Albeiro. Un abrazo.

Febrero 06 de 2022

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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