Palabras áridas, pelotas manchadas

Especial sobre la Copa Mundial de Catar 2022, con cubrimientos de Julián Bernal Ospina y Juan David Morales. Imagen tomada de: https://www.lapluma.net/2022/09/04/42304/

Occidente gana en Catar

Con dos jornadas jugadas tres selecciones se clasificaron: Francia, Brasil y Portugal. Otras están a un pelo de dromedario para llegar a la siguiente fase, como España y Países Bajos. Para la casa ya podrían irse Canadá, que ya está eliminada, y Catar, pero estos no tendrían que moverse. El panorama muestra –más allá de lo desértico que pueda ser– que los europeos dominarán los octavos de final, como ya lo dominaban en la fase de grupos: de las 32 selecciones, 13 son europeas (más del 30 %).

Occidente se impone una vez más con por lo menos una selección europea por grupo, si Polonia le logra empatar o ganar a Argentina. A los latinoamericanos solo nos queda hincarnos ante el rey Brasil, esperar otro zurdazo certero de Messi y hacerle fuerza a Ecuador, hoy nuestro centro del mundo.

Los árabes solo brindaron el espectáculo de los jeques y la caricatura de los hinchas con la bandera a modo de manto. Ni la burocracia vestida de thobe ni los petrodólares pudieron detener el hecho ya previsible de que Catar se convirtió en el peor anfitrión de los mundiales. El fútbol a veces trae su justicia –solo a veces–. La pregunta es si con las leyes anacrónicas, el calor insoportable y los altísimos precios eso del peor anfitrión no sea solo un asunto de fútbol. Pero lo de fútbol es entendible, porque solo un país árabe está ganando su propia cruzada de la medialuna.

Los jugadores de Arabia Saudí probablemente se irán temprano a estrenarse su Rolls Royce, regalo que la monarquía de su país les dio por haberle ganado a Argentina. Túnez jugará contra el país del que era colonia, Francia, y su venganza de reivindicación histórica no le alcanzará para vencer al nuevo imperio del fútbol, con su general Kylian Mbappé. Y los 26 camellos de Catar ya están eliminados: han perdido dos veces y solo les queda jugar contra Países Bajos, ávido de dar algunos golpes bajos para clasificarse. Tal vez los de Catar pueden ayudar más remplazando a los camellos en la guardia que custodia el Amiri Diwan, palacio de las oficinas del primer ministro y del emir de Catar.

Sin embargo, Marruecos llevó a cabo su Primavera Árabe y derrotó con un portero sorpresa a Bélgica. El partido ya daba muestras de que iba a ser memorable antes de que iniciara. Yassine Bounou, el portero del Sevilla F.C., se lesionó cantando el himno y tuvo que ser sustituido. Debieron haberle prevenido de que el himno tenía una alta peligrosidad. Bounou se convirtió en el único jugador que cantó la canción nacional y no jugó: un mareo lo apartó de la titular y posiblemente habrá una paradoja futbolística irreversible. La foto de Bounou compartió las portadas de los medios con la de su equipo, el nuevo equipo sorpresa, pues, antes de la victoria, habían empatado con el actual subcampeón del mundo, la Croacia de Luka Modrić, lejos aún de colgar los guayos.

Tal vez este enfrentamiento –el de Oriente contra Occidente– puede resolverse en solo dos horas de mañana. Por excelencia, el paradigma de esa pugna es el partido entre Estados Unidos e Irán. El archienemigo ubicado en el Oriente Próximo buscará dañarle el caminado al imperio yankee. En su grupo son rivales directos, claro espejo de la realidad política. Estados Unidos tendrá que llevar toda su artillería porque solo le sirve ganar. Quizá haya una masacre y los norteamericanos resulten impunes.

A los de Irán, por su parte, con un empate les bastaría. Puede que aflore su instinto patriótico de musulmanes chiítas, pero lo más seguro es que ni una posible victoria en el nombre de Alá los libere del asedio de la prensa y de las críticas de su pueblo por no respaldar con vehemencia las protestas contra el régimen por el asesinato de la joven Mahsa Amini. Así y todo, y a pesar de que Occidente siempre gana y Oriente siempre pierde, a los de Irán los espera un castigo por no cantar el himno. Es un hecho ya que los himnos dejaron de ser inofensivos.

Por Julián Bernal Ospina, el 28 de noviembre de 2022.

Resumen de la semana: el Mundial de todos

Hoy cumplimos una semana de iniciada la máxima cita futbolística y sería un despropósito no hacer un resumen técnico y estratégico de tantos detalles que nos deja el Mundial.

–Oye, ¿me ayudas con los resultados de la polla? –me preguntó una amiga–. ¿Será que le pongo 2-1 a Francia contra Dinamarca o más bien empatan?

–Pues es posible que Francia gane –le respondí–, pero póngale el resultado que usted quiera, para que mañana no me esté recriminando que perdió por mi culpa.

Conversaciones de este tipo surgieron en nuestros hogares en el transcurso de la semana. De forma paralela continuábamos con nuestras tareas diarias de la casa, el trabajo, la oficina y los estudios, con el ingrediente temporal y espacial de vivir un torneo que se juega a miles de kilómetros de distancia, pero que, por razones inexplicables, se adhiere a nuestra cotidianidad durante un mes completo.

El martes, desde las 5 a.m., nos levantábamos a ver el debut de la Argentina de Messi. Muy pocos suelen –me incluyo– despertarse a esa hora, pero dicho encuentro deportivo logró que las luces de casas y apartamentos estuvieran prendidas más temprano de lo habitual.

Y empezaron las redes sociales a contar su crónica mundialista. Los videos virales de hinchas latinos haciendo cuanta cosa ocurrente en suelo catarí. Los chistes de doble sentido, como ese tweet en el que se destacaba que por primera vez los estadounidenses disparaban muy poco en el Medio Oriente. Las protestas simbólicas de Alemania, Inglaterra y Serbia. El influencer argentino Jero Freixas subía un video en el cual se mostraba indignado porque en el colegio de su hijo programaron un evento cultural, “El hombre de jengibre”, y se perdería el partido de Catar vs. Senegal. Y nuestras tertulias de la semana giraron en torno a la Copa Mundial y sus particularidades, en especial los malos resultados de las pollas.

Se jugaron cuatro partidos todos los días. Los de más temprano, a excepción del Argentina vs. Arabia Saudí, no tenían la expectativa suficiente para que personas distintas a los más aficionados se levantaran al frente de un televisor cuando aún estaba oscuro.

Y empezó la dificultad para observar todos los partidos programados en todo el horario laboral. (¿Es este un torneo diseñado para pensionados?). Reuniones, turnos, audiencias, parciales, vueltas en el banco, citas médicas. (¿Solo la muerte puede esperar si se trata de fútbol?). Así como almuerzos y otras tantas actividades que deseamos aplazar, nos impidieron disfrutar de 8 horas diarias de fútbol de primer nivel. Así fue esta semana que termina y así será hasta el 19 de diciembre que se juegue la gran final. Corren peligro novenas, natilladas y compras navideñas o, más bien, se cuadrarán alrededor de los partidos de cuartos y las semifinales. El black friday de antes de ayer pasó a un segundo plano.

Lo más insólito de todo, los resultados. Si Costa Rica perdió por 7 goles contra España y Japón derrotó a la poderosa Alemania, ¿cómo es posible que los ticos derroten a los asiáticos? ¿Irán fue goleado por Inglaterra y a los días derrota al Gales de Bale?

Esta quizás es una pequeña reseña de cómo se transforma la vida por unos cuantos días. Cómo un evento en el cual no podemos influir en su realización y resultados, se vuelve el tema principal. “Lo más importante de lo menos importante”, dijo una vez Jorge Valdano. Los que llevamos más tiempo siendo hipnotizados por el fútbol podemos concluir que el Mundial no es para entenderlo sino para disfrutarlo, y que siempre se gana la polla el que menos sabe de fútbol.

Por Juan David Morales, 27 de noviembre del 2022

La rebelión de la granja(mes)

Mi compañero de letras con guayos me acaba de hacer un pase para que yo meta algún gol. (Vamos a ver si lo logro). Dejó de ser el delantero de este equipo para convertirse en el 10. (Lo cual es ya mucho decir pues, según los especialistas futboleros –si se me permite el oxímoron–, el 10 a lo Maturana es una escasa criatura por estos días).

El fútbol también se juega con palabras (y con silencios). Para explicar esta idea mientras me la explico a mí mismo, sigamos hablando del zoológico humano en el fútbol. Si alguien es un animal de palabras, ese es el técnico. ¿Qué hubiera hecho el de Arabia Saudí, Hervé Renard, de no haber sido por su traductor inmediato, quien al tiempo que pasaba su discurso del francés al árabe, también gesticulaba como él? No le hubiera bastado con su semblante de macho alfa furioso en medio de una manada de árabes regañados para hacerse entender.

Asumo que la fórmula, aunque falible, cuadra bien: si el técnico es un animal de palabras, el jugador es un animal de acciones. Ayer en una conversación con mi padre, después de leer el último escrito del 10 de este equipo, decía que pensó inmediatamente en los discursos de Bolívar ante sus soldados, en medio de las guerras por la independencia contra España. El libertador (¿de qué?) sabía exactamente qué decirles a ellos para alentar el nacionalismo perverso y construir el imaginario de españoles despiadados. De las decenas de batallas que libró el general, perdió muy pocas. Caben en dos pezuñas.

Ahora bien, me temo que el técnico bélico no tiene mucho futuro. Me gusta pensar en esas criaturas como aquellos líderes solo hechos para ser tiranos. (Animales estos que se escapan del mundo de las canchas y entran, muy a menudo, al mundo de los doctores vestidos de corbata en las herméticas oficinas de las democracias). En una conversación entre Jorge Valdano y Álvaro Benito (ambos técnicos) para El País de España, esto dijo el animal del fútbol Valdano –excampeón del mundo con Argentina en 1986 junto a Maradona– sobre los tiranuelos técnicos: “El autoritario a distancias cortas puede servir, pero finalmente produce un quebranto entre la plantilla y el entrenador”.

Arabia Saudí perdió frente a Polonia. ¿Será Renard un exponente de esta especie? Podría ser un silogismo temerario (si el técnico autoritario sirve para el corto plazo y los saudíes solo logran ganar un partido de tres disputados, entonces Renard clasifica en la categoría de déspota). No estigmaticemos, por ahora, al “mago blanco”, como le dicen, y más bien sigamos con Valdano: “Un técnico es un especialista en el juego y en seres humanos” y “es un líder que sabe renunciar a su ego”. Es quien conoce el alma de sus jugadores, digamos, y se entrega a ellos en sus justas proporciones. Sabe qué debe decirle a cada cual y en qué momento y cómo. Necesariamente es flexible. Alguien que grite y escupa odio solo puede terminar desencadenando en la rebelión de sus dirigidos.

Y así terminaríamos, quién sabe –y para seguir con la escueta metáfora animalesca porque hoy no tengo imaginación–, en algo parecido a la fábula de Rebelión de la granja, de Orwell. Los animales expulsan a los tiranos humanos (¿es este término, acaso, una redundancia?) para terminar tiranizados por el cerdo Napoleón (¿es “cerdo”, acaso, más que un sustantivo, un adjetivo pensado por Orwell?). De los tiranos solo resultan más tiranos. Después, solo sigue la catástrofe: cabezas rodantes, jerarquías sin sentido, culpas aquí, culpas allá, venganzas subrepticias. O, lo que es lo mismo, perder 6-1 frente a Ecuador en unas Eliminatorias, y empezar la trocha para quedar desclasificados del Mundial.

Por Julián Bernal Ospina, 26 de noviembre de 2022

Las palabras que ganan partidos

«Con el balón lo hicieron bien. ¿Vieron lo que hicieron?”, “¿No sintieron algo?”, “¿No sintieron que pueden remontar?”. Estas frases fuera de contexto parecen simples, pero dentro del discurso de medio tiempo de Hervé Renard –entrenador de la selección de Arabia Saudita–, fueron el gran aliciente, después de criticar con sarcasmo la desconfianza y pasividad con que su equipo encaraba el partido disputado contra Argentina hace ya unos días. Con esas frases logró hacerles creer a sus jugadores que tenían chances de derrotar a uno de los equipos que llegaba como candidato a ganar la Copa Mundial.

“¡Vamos, chicos, vamos! ¡Esto es la Copa del Mundo! ¡Denlo todo!”, fue el cierre del grito de batalla del estratega galo para lograr la mayor hazaña del fútbol saudí. Nos hace pensar acerca de la importancia de la capacidad de los entrenadores como capitanes de sus embarcaciones para llenar de confianza y seguridad a un grupo de profesionales de alto rendimiento, pero que la competitividad y los momentos del juego pueden afectar drásticamente el estado psicológico del equipo. Esta afectación psicológica produce una especie de reseteo en los conceptos y las habilidades deportivas cuando el resultado es adverso.

El argentino Gustavo Alfaro, técnico del conjunto ecuatoriano, días antes de su debut en la Copa del Mundo, mencionaba en una entrevista que se había reunido con sus jugadores y les había preguntado por las expectativas que tenían en dicho torneo. Les interrogó si tenían el objetivo de hacer el mejor mundial en la historia de Ecuador, a lo cual todos asintieron y dispusieron un plan de trabajo que permitiera llevar a sus jugadores al nivel más alto de competitividad. Hoy, a pesar de haber iniciado perdiendo muy temprano contra Países Bajos –la naranja mecánica–, lograron reponerse, empatar el encuentro y estar muy cerca de remontarlo. Al final, Louis Van Gaal, el estratega neerlandés, solo atinó a decirle “merecieron ganar”. Quizás Ecuador sí vaya por el camino correcto para hacer su histórico papel mundialista. Hasta ahora han competido a la altura necesaria para lograrlo.

Cuentan jugadores que conformaron el plantel de Argentina en el mundial de Italia 1990 que, en el entretiempo del partido contra Brasil por los octavos de final, el polémico y amado Carlos Salvador Bilardo entró al camerino y durante los 15 minutos estuvo en silencio absoluto. Antes de saltar nuevamente a la grama exclamó: “Muchachos, si se la seguimos dando a los de amarillo, vamos a perder”. Argentina logró ganar por la mínima diferencia a los cariocas con una jugada excepcional de Maradona y definición de Caniggia. ¿Qué tanto pudo influir esa frase obvia del técnico campeón mundial para que su equipo se tomara la confianza suficiente y derrotara a la poderosa y siempre peligrosa verdeamarela? Quizás lo suficiente para que, 30 años después, sus dirigidos recordaran esas cortas y sabias palabras.

Tal vez pueda sonar intrascendente el verbo de algunos entrenadores de fútbol: que sus proclamas no sean las verdaderas razones de las victorias deportivas, pues los que juegan son 11 y sus sustituciones. Sin embargo, es parte de la esencia de este deporte mitificar momentos, instantes sublimes, en los cuales los discursos y la capacidad oratoria de los entrenadores puede jugar un papel fundamental en la psicología de sus jugadores. “Ganar, ganar y ganar y volver a ganar y ganar”, exclamaba en las ruedas de prensa Luis Aragonés, técnico español que logró con dicha selección la Eurocopa de 2008 y abrió el camino a quizás la mejor selección española de la historia, campeona del mundo en 2010. Personalmente, y como apasionado de este deporte, me inclino por creer en la poderosa influencia de esas palabras que se convierten en leyendas: le dan un ingrediente de poesía y heroísmo al fútbol.

Por Juan David Morales, 25 de noviembre de 2022

El fútbol es eso que pasa entre el pitazo inicial y el pitazo final de la vida

El columnista con quien comparto este enorme equipo que consta de dos personas remató el final de su escrito con esta frase decisiva: “la vida es eso que transcurre entre el final de un partido y el inicio del otro”. Mi coequipero logró varios amagues aquí y allá y terminó con un gol que de inmediato hace despertar del letargo, solo cuando el efecto ya está consumado.

Esa frase que cito me lleva a la idea de que todo queda en suspenso cuando el televisor está prendido; lo demás pasa a ser materia de lo prescindible: lo urgente se convierte en lo menos importante y lo menos importante se convierte en lo urgente. Me gusta esa suspensión del fanático que hace todo lo demás a un lado. Yo podría estar de acuerdo y al tiempo en desacuerdo con esa afirmación, como diría Caparrós, de quien –como buenos admiradores– nos copiamos de su correspondencia con Villoro para escribir sobre el Mundial.

Adivino que la vida del amante del fútbol es como la vida de los lectores. La primera la desconozco y de la segunda algo creo saber; por tanto hablo de la segunda: no hay una separación entre la vida y el pasar de las páginas. La vida es eso: de página en página, el lector se transporta en la cabeza, viaja sin viajar; de pronto añora o de pronto se ensombrece, se mueve sin moverse. De cierto modo –o de todos los modos– vive.

Recuerdo, por ejemplo, que cuando mi mamá me veía leyendo un libro, por molestarme me decía: “¡Levántese! ¡Haga algo productivo!”. Entonces yo levantaba la mirada del libro y le respondía, casi automáticamente, mientras la veía ágil moviéndose entre las cosas del domingo: “Estoy haciendo algo productivo”.

¿No siente el amante del fútbol que el fútbol es lo que pasa entre el pitazo inicial y el pitazo final de la vida? Hoy leí la historia de hinchas que viajaron a Catar y que pagan 200 euros por dormir en cajas que los españoles llaman “barracones”. Son como unos contenedores de pocos metros de ancho, de largo y de alto, en los que debe hacer tanto calor que uno añoraría estar en Cartagena, en un hotel de medio pelo y oloroso a humedad, pero con un buen aire acondicionado o por lo menos con un buen ventilador. Todo el año trabajaron para llegar allá a pagar lo mismo que pagarían por hoteles de cuatro estrellas, cuando menos. No les importa tener que pagar más de 3 mil euros, incluso con la posibilidad de ver perder a su equipo.

Para ellos el fútbol es la vida.

Ahora la otra idea que referenciaba el delantero de este equipo: el fútbol es como la vida. La vida es irónica: Embolo, un camerunés jugando con Suiza, metió el gol con el que derrotaron a Camerún. La vida a veces es viscosa, oscura y cruda como el petróleo y como el partido entre Uruguay y Corea del Sur en el que empataron a cero. La vida también puede convertirse en una pugna entre hermanos, como podría sucederles a los Williams, el uno jugando con España –Nico– y el otro jugando con Ghana –Iñaki–. Es más, la vida puede ser ese chispazo de media chilena de Richarlison, o la disciplina de Cristiano Ronaldo, quien hoy se volvió el único jugador en anotar durante cinco Mundiales consecutivos. Ya no sabría decir si el fútbol es como la vida o la vida es como el fútbol. Lo que sí sé es que el fútbol no deja nunca de leernos como humanos.

Julián Bernal Ospina, 24 de noviembre de 2022

Detalles del mundial, ese deporte que juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania

No deben sorprender los extraños resultados que empiezan a darse en la primera semana de la cita futbolera. En cada edición ocurren los denominados “palos” o “batacazos”: los marcadores que atentan contra la lógica según la cual la selección grande y poderosa derrotará sin problemas a la “cenicienta”. Esta última aspira a tocar el olimpo y ganar su propio mundial derrotando a ese equipo súper favorito de nóminas exitosas y jugadores de otro planeta.

Ya le ocurrió a Arabia Saudita contra Argentina. Recordando otros episodios, en el 2006 la anfitriona Corea del Sur eliminó a la poderosa Italia de Totti, Del Piero y Vieri. También viene a la memoria ese otro combinado de Costa Rica. En 2014, en su grupo tenía un papel inferior de sus 3 rivales (Inglaterra, Italia y Uruguay), pero se impuso con el liderato y clasificó hasta los cuartos de final del Mundial de Brasil.

Ahora vuelve a pasar con la poderosa Alemania. Después de su silenciosa protesta ante la censura y un prometedor primer tiempo, el equipo japonés le remontó el resultado y se llevó la victoria. Fue como en un épico capítulo de la serie Súper Campeones, en la que similares contendores en versión animé predijeron la victoria nipona de hoy, pero de la mano de Oliver y Benji.

Y es que pareciera que ganar el Mundial fuera una maldición que trajo el siglo XXI a las selecciones europeas. Francia en el año 2002 perdió el debut con la debutante Senegal y quedó eliminada en primera ronda. Lo mismo Italia en 2010, España en 2014 y Alemania en 2018, todas ganadoras de la copa inmediatamente anterior.

Justamente, Alemania no solo fue descalificado en primera fase del mundial de Rusia, sino que ahora continúa en su “mala hora” y pierde en el debut mundialista. Lo más complejo es que el domingo jugará contra la arrolladora España –de momento espléndido– y, en caso de perder, será inminente su segunda eliminación consecutiva. Italia ya recorrió ese tenebroso camino y fue eliminada en primera ronda de las dos ediciones siguientes a su trofeo y, por segunda vez seguida, ni siquiera clasifica a la cita orbital. ¿O sea que estamos ante el fin de aquella premisa de que “el fútbol es ese deporte en que juegan 11 contra 11 y siempre ganan los alemanes”? El domingo tal vez tengamos la respuesta definitiva.

Pero como no hay mal que dure 100 años ni equipo que lo soporte, Francia, la actual campeona, empezó demostrando que no repetirá la historia de campeones europeos eliminados y, de la mano de Mbappé, goleó con contundencia a los australianos. Al igual que los españoles, que no tuvieron piedad de los costarricenses y no solo los vapulearon con goles, sino que rompieron todas las estadísticas y récords que solo el famoso Mr. Chip puede encontrar. Más goles, más posesión, más pases efectivos, más hinchas menores de 30 años con camisetas rojas, jeans y tenis blancos que cualquier otra selección.

Triste lo de Costa Rica. La revelación de 2014 con el orden táctico y la tenacidad del colombiano Pinto, se convirtió en el equipo sin alma y sin espíritu competitivo del colombiano Suárez. Será que “No Pinto, no party” o, como menciona siempre el estratega cucuteño, “el trabajo no traiciona”. En fin, como escribía ayer por estos lados mi compañero de artículos mundialistas, el fútbol es como la vida. Yo le agregaría que la vida es eso que transcurre entre el final de un partido y el inicio del otro. 

Por Juan David Morales, 23 de noviembre de 2022

Ganar Alá Argentina

Argentina perdió y, con su derrota, varios perdieron la polla. Más de uno que madrugó debió de pensar que todavía estaba en un sueño. En todo caso, la sorpresa rápidamente pasó a la risa. Bolivia por fin tendría salida al mar pues Argentina se convirtió en un mar de lágrimas. Al basto portero argentino, el ‘Dibu’ Martínez, no le sirvieron de nada sus palabras de “¡Easy! ¡Easy!” –las dijo al darse cuenta de sus rivales– tras los disparos de Saleh Al-Shehri y Salem Al-Dawsari. Argentina perdió contra un equipo cuyo valor no llega ni a lo que vale una rodilla de Messi: € 20 millones: nueve de los jugadores de Arabia Saudí militan en el equipo que quedó de cuarto de la liga local, el nido de estrellas Al-Hilal.

Como siempre, la alegría del ganador solo fue comparable con la tristeza del perdedor. Mientras unos se arrodillaron a llorar otros se arrodillaron a orar. En Argentina ya habían anticipado la celebración. Todo el país estaba paralizado: pusieron pantallas gigantes en ciudades y municipios, pospusieron las entradas a las escuelas para que a las 7 de la mañana se lo pudieran ver en sus casas y las empresas que no permitieran ver el partido en sus instalaciones peligraban terminar en huelga a término indefinido. Pero las victorias no se decretan y el fútbol es como la vida. Fue el rey saudí Salmán bin Abdulaziz quien terminó decretando el día festivo para la celebración en todo el país.

Los saudíes celebraron la victoria como si se hubieran ganado un Mundial. No hubo puertas ni ventanas que lograran contener la algarabía. No es de extrañar que tras su celebración hasta olvidaran fugazmente su homofobia y terminaran dándose besos en la boca. Lo que sí es cierto es que mientras los árabes le atribuyeron a Alá su victoria –“Ha estado presente en cada minuto. En nombre de Alá, estoy feliz”, dijo el portero Mohammed Alowais–, los argentinos le atribuyeron la derrota, ¿adivinen a quién?, a ellos mismos: “Perdimos por errores nuestros”, dijo el delantero Laurato Martínez.

El técnico Lionel Scaloni fue menos narcisista, aunque igual de poco autocrítico: todo fue culpa del “milimétrico” VAR y del fútbol porque “así es el fútbol”. Que con dos llegadas de los del Medio Oriente tuvieron para meter los dos goles. Que esos tres fuera del lugar automáticos con que les anularon los goles no hubieran sido fuera de lugar sino goles, de no haber sido por las nuevas tecnologías. Por su lado, Hervè Renard, técnico de Arabia Saudí, apodado “el mago blanco”, al parecer fue más autocrítico, a pesar de que hablaba en hombros: “No podemos jugar así. En un Mundial hay que darlo todo”.

A la Scaloneta se le vio a media marcha. Su maquinaria efectiva esta vez no funcionó. Los tres goles anulados le hicieron perder la ruta. Su motor, Messi, resultó el más obsoleto, sin aceite, oxidado. Un tiro libre a las tribunas, un cabezazo sin despeinarse, un penalti –decretado por el VAR– trotadito y eficaz. Fue un Messi humano, cansino y desgastado. Humano, demasiado humano. Por su parte, los saudíes aprovecharon el segundo tiempo y sí se lo tomaron como un partido de Mundial. Corrieron y sudaron y en honor a Alá se jugaron la vida para ganar. Los comentaristas deportivos –como no tienen mucho qué decir siempre buscan las estadísticas– no dudaron en referirse a que Argentina perdió el invicto de 36 victorias seguidas, a una victoria del récord de Italia. Si Argentina quedó a un partido de Italia, Messi quedó a un partido de Alá.

Por Julián Bernal Ospina, 22 de noviembre de 2022

El fútbol más allá del fútbol

Cada 4 años la Copa Mundial de fútbol trasciende rápidamente el ámbito deportivo y adquiere un status de enfrentamiento, si se quiere llamar nacionalista. Se convierte en revanchas de episodios del pasado que tuvieron como protagonistas a los países cuyas selecciones se enfrentan. Representó mucho para Argentina ganarle a Inglaterra el partido de cuartos de final del mundial de México 1986, años después de haber perdido la guerra de las Malvinas, y todavía más con los dos goles históricos de Diego Maradona.

Los mundiales de fútbol están provistos de símbolos y actos que le dan un carácter especial, más allá de cada uno de los encuentros de 90 minutos: el álbum de figuras que meses antes se empieza a llenar, ni qué decir de todas esas representaciones que se hicieron presentes en la inauguración de esta edición. Apelando a la nostalgia y al recuerdo de los torneos anteriores, aparecieron en forma de las mascotas de cada copa las canciones oficiales que saben a gol como la Copa de la Vida de Ricky Martin, el Waka Waka y el mosaico de los coros entonados por las hinchadas de cada nación. Se pasearon por el estadio de Doha el “¡Ay ay ay ay! ¡Canta y no llores!”, y el “¡Vamos vamos, Argentina!”, entre otros ritmos pegajosos.

Aunque la Copa del Mundo es ese evento que tiene la atención mundial durante el mes que dura –y se convierte en una consagración total y la consecución de la inmortalidad–, no es extraño que aparezcan símbolos con contenido político. Casi siempre son aquellos que la FIFA desea suprimir con sanciones económicas y tarjetas amarillas por resultar a veces inconvenientes contra los países anfitriones, y más cuando estos son tan cuestionados en cuanto al respeto de los derechos humanos y las libertades individuales.

Podríamos recordar el mundial de Rusia del 2018. Fueron Granit Xhaka y Xherdan Shaqiri, del seleccionado suizo, quienes en partido contra la selección de Serbia festejaron haciendo un gesto con sus manos del águila bicéfala, representando un símbolo de Albania, nación de la cual los dos jugadores tienen ascendencia y que cuya población fue objeto de ataques bélicos por los serbios en la guerra de Kosovo. La FIFA investigó dichos comportamientos. Suiza y Serbia se reencontrarán en el campo de juego en la próxima semana. ¿Habrá otra vez águila?

Este mundial no ha sido ajeno a la oposición y manifestación de muchos personajes y grupos que no están de acuerdo en su celebración. A las noticias de explotación laboral a inmigrantes y a los supuestos decesos de miles de trabajadores en la construcción de los estadios, se les suman las restricciones de actividades cotidianas como tomar cerveza, manifestaciones de amor en público y demás asuntos que son prohibidos en la costumbre y religión catarí. Todo lo anterior, contrario al mensaje de inclusión y diversidad que pretendieron mostrar en las puestas en escena del acto inaugural. ¿Es el mundial una lavada de cara para Catar?

Lo cierto es que resulta complejo, quizás imposible, eliminar o suprimir en su totalidad cualquier símbolo que presente una inconformidad sobre las cosas que no están bien. Eso lo demostró la selección inglesa cuyos jugadores antes de iniciar el partido en que golearon a la selección iraní se arrodillaron como lo vienen haciendo en dicha liga. También lo hacen los jugadores de fútbol americano de Estados Unidos como protesta ante los abusos policiales a la comunidad afrodescendiente. Esta campaña es conocida con “Black lives matter”, que podríamos renombrar como “All lives matter”, aunque no con mucha originalidad, porque dicho solgan existe desde hace unos años.

¿Qué podrá hacer la FIFA y todos los que consideran inconveniente que les protesten en sus narices? ¿Descalificarán a la selección inglesa? ¿Suspenderán a Hary Keane? O si Emmanuel Neuer el próximo miércoles sale a campo de juego con su banda de capitán estilo multicolor, ¿tendrá multas y sanciones? Lo cierto es que la postura crítica y radical de la FIFA sobre esa intervención de los países en las decisiones referentes al fútbol y las competencias y que tanto ha castigado y tan severamente, se ha visto menguada ante los jeques y millones de billetes cataríes. Veremos cómo enfrentarán los símbolos y el hecho de que todo un mundo tiene sus ojos puestos en su actuar. Bonito ejemplo de democracia.

Por Juan David Morales, 21 de noviembre de 2022

Palabras áridas, pelotas manchadas

No había intentado escribir sobre un mundial. Digamos entonces que este es solo un intento. Quisiera empezar a decir que no sé si me interesa el fútbol, pero siempre lo miro. Me pasa como la política y sin embargo la miro y la miro como un autómata. Eso no debería ser un problema, por consiguiente. Pero el mundo es amplio y siempre hay un espacio para detenerse y ver. Y, fuera de eso, escribo esto en la hora del domingo en que emerge una extraña paz que hace disponer los demonios interiores. (Ya pasó la estridencia de los cantantes de esquina y de los locutores como estrenando bafle).

En este intento de buscar llenar las horas del día, me puse a ver la inauguración del mundial. En medio de príncipes árabes vestidos con sus thobe y sin las princesas con su abaya, al lado de los hombres con sus trajes de negocios (que son los mismos de la política), pensé en el cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones. Me pregunté cuál era la palabra secreta que habían descubierto ellos para abrir la cueva del tesoro del mundial. No tardé en descubrirla: armas como intercambios, equipos de fútbol como estafas multimillonarias, burócratas que hablan de la inclusión mientras alientan el mundo de la exclusión. A estas palabras las une una en particular: dinero. Como diría el poema de Quevedo: “poderoso caballero/ es don Dinero”. Eureka.

Como siempre, lo menos entretenido fue el fútbol. Les presté más atención a la inauguración y a la ausencia de las estrellas como Shakira, Dua Lipa o J Balvin. Tal vez en la historia de las inauguraciones de los mundiales nunca había sido una ausencia tan protagonista. Hasta a J Balvin le tocó tener carácter. Ni la ballena en medio del desierto, ni el símbolo de Morgan Freeman como Dios tocando al influenciador Ghanim Al Muftah (que tiene tantos seguidores como habitantes tiene Catar), ni las omisiones de algunos periodistas deportivos colombianos para cubrir lo importante, ni los discursos áridos de Infantino y el emir de Catar, ni el partido aburrido en el segundo tiempo entre Catar y Ecuador hicieron olvidar que los ocho estadios de esta Copa Mundial están construidos sobre 6 mil inmigrantes muertos en las construcciones. No hicieron olvidar que la pelota, incluso años antes de haber sido rodada en la cancha, ya estaba manchada.

Ecuador ganó sin mucho esfuerzo. La plata sola no hace a los equipos jugar bien. ¿Y Colombia? Colombia, como clara muestra de su desconexión, había hecho un partido amistoso el día anterior de la inauguración, que esa vez sí ganó contundentemente, cuando ya no servía para nada. Partido que solo vieron los desocupados, los familiares de los jugadores y alguno que otro periodista, pero porque le tocaba cubrirlo. Le ganó 2-0 a Paraguay. Que Colombia se prepara muy bien para el mundial del 2026, dicen las voces perjudicialmente optimistas. De esa manera, en Colombia estamos como los discursos de los príncipes cataríes y de Infantino: queriendo ocultar con las palabras áridas y con la pompa extralimitada la triste realidad que se vive.

Por Julián Bernal Ospina, 20 noviembre de 2022

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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