Los pedos de Vargas Llosa

Fotografía tomada de: https://www.vanitatis.elconfidencial.com/famosos/2023-01-10/ruta-gastronomica-mario-vargas-llosa-ruptura_3554983/

Ya quedan pocos de esos escritores que parecían ministros supranacionales, vestidos de elegante frac o de liquiliqui, que iban de aquí allá como grandes héroes de sus países, almorzaban con presidentes, daban entrevistas, ofrecían conferencias, amaban muchachos y muchachas, y eran como redentores de un oficio aclamado por las masas. Tenían la capacidad de nombrar lo que éramos, lo que fuimos y lo que seríamos.

Hoy a los escritores les hacen atentados como a Salman Rushdie, les descubren su pasado oscuro como a García Márquez, o los cancelan por sus opiniones, como a J. K. Rowling. De los escritores ministros de estado solo quedan sus parientes lejanos: caminantes de esquinas perdidas, jóvenes imberbes y vanidosos buscando su vocación, profesores que luchan contra el tedio, estrellas que se aferran a sus pergaminos.

De la magia grandilocuente solo queda la soledad de un caminante medio perdido en el murmullo de las avenidas.

La vocación es una forma de encontrarle sentido al estado interior, a pesar de ir a contracorriente. Últimamente pienso que desde los 18 camino como un pensionado: lentamente, mascando el tiempo. Entonces la escritura ha venido a mí como una forma de darles sentido a mis días, con el único propósito de tener algo que hacer cuando pongo un punto final, o cuando creo ponerlo, porque escribir es a menudo tener que aplazar y aplazar ese punto final. Escribir se convierte en un feliz fracaso irremediable.

Todo esto lo pensé al leer un cuento de uno de esos ministros estatales que, extrañamente, aún vive. Y, lo que es aún más extraño: aún escribe, y a mano. Vargas Llosa es hoy en día como un dinosaurio vivo: una criatura de otro siglo que se resiste a quedarse en el olvido. El cuento en mención lleva por nombre Los vientos, y los vientos es una forma de decir “los pedos”, porque al personaje narrador y protagonista, un “antediluviano” como el autor del cuento, se le caen pedos a donde vaya, y logra disimularlos con su cara pretérita de intelectual. Nunca me había sentido tan identificado: me identifico con el pensionado pedorro.

El cuento del que hablo resultó famoso no por su carga olorosa de vejez y de amargura, ni tampoco por la exposición brillante de lo que posiblemente será –está siendo– nuestro mundo: una suma insoportable de identificaciones a la carta. El cuento resultó conocido porque la “prensa rosa” leyó en él visos autobiográficos para dar explicaciones por la ruptura de Vargas Llosa e Isabel Preysler, la tragedia literaria más importante de estos días, solo opacada por el drama de Shakira y su salpicado, odiado y amado Piqué.

La realidad da vueltas irónicas: el crítico de “la civilización del espectáculo” resultó propagador de su propio objeto de crítica. ¡Qué novelón! ¡Por fin la realidad está a la altura de la ficción, maestro Vargas Llosa!

Aunque no culpo a la prensa rosa de ¡Hola! porque Los vientos es un cuento que bien podría ser una autobiografía disfrazada de ficción (no es novedoso pues, como diría Saramago, toda ficción es una autobiografía). El protagonista del cuento es un viejo solitario que vive solo en un cuarto pequeño, lleno de libros y ordenado. El viejo pasa los días esperando la muerte con la única compañía de las llamadas de su amigo contemporáneo: Osorio. Todas las mañanas se marcan para saber si no han muerto. Cada día es el mismo trasegar hacia el café solitario, la misma rutina de pensionado.

El protagonista se pierde en Madrid después de haber ido a la clausura de los cines Ideal, en la Plaza de Jacinto Benavente. Con ese cierre deshace sus pasos nostálgico, tirándose pedos y hablando de las conversaciones con Osorio y de recuerdos fortuitos de ese mundo en que vive y que detesta, un mundo pragmático sumido en las pantallas, donde imprimir papel es un genocidio, comer carne es un delito, las pantallas son la nueva religión, hay matrimonios interespecie, los veganos “desequilibrados” han creado una comunidad aséptica que detesta el sexo y que va en contra del sistema, donde aún la pobreza y la violencia existen y donde el arte ha sido reemplazado por “los saltimbanquis de los circos y los monigotes de los dibujos animados”.

En esa perorata senil el viejo olvida, de pedo en pedo, la dirección de su casa, y se pierde entre parques, avenidas, bancos y plazas, añorando su tiempo anterior de libros, teatro, sexo y carne con vino. Solo al final descubre que se ha cagado en los pantaloncillos y que el pantalón le dibuja un mapa de mierda. Ni el olfato ni los esfínteres le funcionaron para alertarle el reguero, ni mucho menos la memoria, esa “legañosa ciénaga”, pues además de olvidar la dirección de su casa –a donde llegó por inercia–, se da cuenta de que olvidó también las llaves. Entonces llega su salvación: un misterioso hombre más viejo que él, de bastón, quien vive en su mismo edificio. Un hombre que parece que fuera el mismo Vargas Llosa, y con eso completa el espejo frente al espejo borgiano, al estilo del cuento Veinticinco de agosto de 1983.

La última escena es la del viejo padeciendo un infarto. Del cual sobrevive, obviamente, porque o si no, ¿quién habría escrito el cuento? Sobrevivió como lo ha hecho el maestro Vargas Llosa a sus propias flatulencias ideológicas. El último ministro supranacional vivo, último representante del manido boom latinoamericano, nos deja esta metáfora de su propia decadencia, que es triste y al tiempo bella. Una vez más, nos hace saber que ha perdurado más allá de su propio empeño de fabricar de sí mismo un objeto de escándalos y una caricatura: su primer matrimonio fue con su tía, Julia Urquidi, del cual surgió el libro La tía Julia y el escribidor, también con aparentes retazos autobiográficos.

Y así, una por una, las obras del maestro Vargas Llosa han resistido la cambiante vida del hombre Vargas Llosa: de comunista latinoamericano a defensor del capitalismo, de esposo empedernido de su prima Patricia Llosa a exmarido odiado y novio de la Reina de Corazones. No creo en el facilismo de decir “una cosa es su obra y otra es su vida” porque es mucho mejor pensar en su vida como espejo de su obra. Tampoco me resigno a decir que hay que “cancelarlo” por ser un escritor de otra época, por ser un alfil del capitalismo y por sus escándalos de novelón.

Antes pienso que nadie como él ha entendido la literatura como extensión de la vida del lector y del escritor. De él comprendimos lo sagrado de una vocación, sea como sea. Una vocación que hace de la literatura un fuego para arder ideologías y espejismo, y para fundirse uno mismo en ella, hasta lograr construirse la propia caricatura, solo con el fin de que, en últimas, permanezca el punto importante: la ficción y el cordón umbilical de la realidad real, la mentira verdadera de la verdad mentirosa, la libertad de los autoritarismos.

29 de enero de 2023

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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