El alter ego de Pérgamo

Una reseña de la novela El médico de Pérgamo, de Orlando Mejía Rivera

“Cualquier buen escritor genera empatía, compasión y comprensión de parte del lector hacia el mundo”, me dijo, en un correo, Orlando Mejía Rivera, después de haberle preguntado por la relación entre empatía y literatura. Y creo que eso es, exactamente, lo que sentí al haberme sumergido en el mundo de El médico de Pérgamo: uno de hace dos mil años que, a pesar de esa distancia, lo sentí mío. No importaron las referencias médicas y latinas, las citas en griego antiguo, los nombres de médicos, filósofos, emperadores, guerreros, esclavos. Había algo en esa prosa –que Pablo Montoya ya consideró como “Eficaz, poética, profunda, erudita”–, que me asombró.

Empiezo por esto: nunca creí que me interesaría leer un libro sobre Galeno, aunque fuera una novela sobre él. No había sido importante para mí: era solo un sustantivo que podía remplazar por el de médico, tal vez para sonar más culto. Sin embargo, después de la lectura del libro –editado bellamente por la Universidad de Caldas y Luis Miguel Gallo Sepúlveda– ahora me es cercana la afirmación de la relación estrecha entre amar al género humano con conocer los misterios del cuerpo a través de la medicina: sus fluidos más elementales, la diferencia de los huesos y de los nervios, los signos, los órganos, el significado de la triaca, el de la bilis, el del humor, el de siringotomo. Se me viene a la mente esa escena en que el emperador Marco Aurelio le dice a Galeno que él era el único filósofo de toda Roma. Es decir, el único que sabía cómo poner en práctica los conocimientos, y servirle así a la humanidad.

También este segundo hecho, que se enuncia así: “Claro está que el alma también se manifiesta en los sueños y gracias a sus visiones podemos diagnosticar el exceso o defecto de la cualidad de los humores en los pacientes. Esto lo supieron los hipocráticos y el tratado Sobre la dieta insiste en que el clínico debe saber interpretar estos avisos oníricos. Las fantasías del alma se corresponden con las disposiciones del cuerpo. Cuando alguien sueña que vuela la densidad de sus humores es ligera, pero si imagina que se encuentra hundido en estiércol tendrá un exceso de bilis negra sin la cocción adecuada”. Se trata del vínculo de que el alma y el sueño y el cuerpo y la carne son un único ser.

Tercero, la inteligencia manifiesta en los procesos científicos –la duda justa, la experimentación y la lucidez– con la disposición del azar: “Debemos huir de la diosa fortuna y sus dardos cargados de lo azaroso, pero no siempre podemos escapar. La fortaleza de nuestra voluntad y el poderoso instrumento de la razón son, a veces, frágiles armaduras frente a las tormentas de lo impredecible”. Una vida, entonces, en la que somos lanzados a esta existencia, con el único sino de encontrar en el mundo la oportunidad de llevar a cabo la vocación para la que nacimos. Aelio Nicón, el padre de Galeno, le dijo así, dos días antes de morir: “hijo, jamás dejes de ser el que eres”.

Esta ficticia autobiografía de Galeno conserva el espíritu de su autor, que se ríe al ser el artífice del mecanismo. Pero con esa elaboración verosímil de los manuscritos traducidos, es posible –a lectores como yo, sin conocimiento clínico y escaso histórico– acercarnos al rostro de ese médico exuberante y humano, que vivía por su vocación más allá de las ganancias, que entregó el conocimiento sin miramientos de las competencias profesionales, que demostró que el universo estaba en el útero de una cabra, y que procuró la ilustración como un acercamiento a la virtud humana: enfrentándose a las élites corruptas, a los charlatanes mercaderes del cuerpo, y a la milicia furibunda; pero con la complicidad de leales gladiadores, de esclavos que se volvieron amigos y de vecinos que se volvieron pacientes.

Pueda ser que este es un Galeno de alguien, el del maestro Orlando Mejía Rivera. No obstante, esa referencia no quita que sea mundial y necesaria, posible para cualquier lector, y que su lectura es una oportunidad para ver distinto el mundo. Y también para verlo igual: ese Galeno nos muestra cómo el Imperio romano de los siglos II y III de nuestra era tiene un paralelo entrañable con el imperio estadounidense actual, desgastado por los gobernantes megalómanos, más con la centralidad de un poder económico corrupto que el faro iluminador de la humanidad. Ese Galeno se me hace un alter ego que también encuentra en los sueños al dios Asclepio para seguir interpretando el curso del destino antes de que llegue la parca en medio de una frase inocente.

Esta novela es una de las cinco finalistas al Premio de Novela Publicada 2020 del Ministerio de Cultura de Colombia. Aquí van mis energías para que sea la ganadora.

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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