El baúl de todos los dones

Reseña del libro Alcánzame las gafas de José María Baldoví, editado por Uniediciones, 2017

El lector abre este libro como se abre un baúl y se percata de que ha conocido a un nuevo amigo. Este lo invita a visitar una patria ajena que nunca en su vida había visto. Solo las novelas que contienen en una página el misterio que podría acomodarse sin problemas a lo largo de cien logran crear en el lector la sensación de un viaje estimulante y fugaz. Irá comprendiendo, en el transcurso de las páginas, que, además de a un periplo, entra a un juego. Sin saber por qué, sin el ejercicio de la voluntad –o, si se quiere, solo a través de la voluntad de abrir el libro– está ad portas de estrechar la mano de un amigo, para siempre: Pessoa.

“Creo que era inevitable. Inevitable que nos encontráramos (…). Sé que acaba de visitar mi apartamento y que estuvo revisando aquel viejo baúl, donde creen que reposan las evidencias sobre mí (…). Pero las respuestas que usted está buscando no las va a encontrar ahí. Mejor le propongo un trato: yo le conduzco por los caminos de mi alma y usted promete callar para siempre”.

De ese baúl no salen todos los males del mundo como surgen de la caja de Pandora sino todos los dones, y cada uno de esos dones es contradictorio, y cada uno tiene un nombre que habita en una persona. No es la común metáfora de que todo libro es un viejo amigo; es la realidad de ese libro: es un amigo que habla en la cabeza, en ese lugar tan íntimo en donde retumban telarañas y sueños. El lector –usted, yo– se disfraza por un momento de otro heterónimo más, otro nombre obsesivo con quien lo creó.

En estas letras la contradicción abunda y es lo único que permite la vida. Solo se puede leer con los ojos cerrados: los paisajes de esta Lisboa íntima solo pueden conocerse a través del telón de los párpados, mirando hacia adentro. Es el viaje al interior, un viaje circular, porque parte del baúl, sigue el recorrido por tranvías y calles, pasa por cartas, por escenas espiritistas, por tabernas, y termina en su cama. Hay –a pesar de que pueda ser que el lector no se mueva de la habitación de Pessoa–, una sorpresa al sentirse caminando mientras conversa con palabras que siempre había estado esperando. Todo es tan real como el pasar de una página a otra, el tacto blanco del papel sensible.

Esa sensación es potenciada aún más por las conversaciones en los párrafos, como si todo fuera un monólogo mental, forma que recuerda a Saramago. Las preocupaciones de esa voz pasan a las del lector, de manera que este se pregunta cómo sería el tamaño de la soledad cuando ya no haya más nombres, y también sería capaz de mirar en los destellos del Tajo y ver el retrato de un oficinista que lo persigue con sus gafas redondas y vestido melancólico, corbata negra y aura gris. O la cara de un marinero soñador, insomne y sin mar, caminante de las tierras de ese río. Vería entonces la ciudad como un verso.

“Somos pedazos dispersos sobre una estera sin sacudir. Pero somos pedazos lastimosamente conscientes. Pedazos que van a dar al bolsillo roto y que después nunca se recomponen. Ahí se quedan. Somos desiertos que añoran el risco del cercado vecino”.

Si a este país entramos a través de la invitación de un amigo, ¿quiénes son aquellos que lo acompañan? ¿Estarán hechos solo de palabras? Sucede la creación de existencias autónomas, hasta el punto de ser capaces de debatir la propia y la de su creador. La realidad inventada y la real se unen –tal y como quizás fue la vida de Pessoa–: sus personajes se sientan a tomarse un espresso. Álvaro de Campos con Ophelia, Almada Negreiros, Mário de Sá-Carneiro, A. A. Crosse, Edoardo y António Mora. Esteves con la tía Anica, el padre Vieira, Francisco Fernando y Ulises. Aleister Crowley con Saramago, el barón de Teive y Ricardo Reis. Alberto Cairo con Bernardo Soares, el Desasoiego y Costa Brochado. Trindade con Míster Memory. Una sombra con el barbero Manásses. Felipe II con Shakespeare. El escritorio con la caneta tinteiro, Milton y Search. Yo, usted y ella. Los Geppetos en el miso lugar de los Pinochos.

Lo mismo lo constatan los hechos y sus tiempos, que se combinan unos y otros en esa realidad: por ejemplo, la creación de la revista Orpheu por Sá-Carneiro y Pessoa, entre otros, y el hecho de la bomba que habría detonado el poeta suicida en el Pálacio de São Bento, en Lisboa, durante la Primera Guerra Mundial. Lo mismo los lugares como A Brasileira y sabores a café cargado, pasteles de queso y toucinho do céu. El lector podría subirse al elétrico mental y ver a los saloios y a las varinas, a los sastres ilustres y a los zapateros viejos, lavanderas límpidas y lisboetas absortos. A cada sitio de plazas e iglesias humeantes de polvo histórico, cada taberna de olor a tragos curativos, le corresponde un sonido y una textura. En el Martinho se toman Oporto, calvados, aguardiente de pera, vino de Óbidos, vino de Tavira y grapas como los mejores láudanos.

¿Acaso la misma ciudad es la expresión de otro nombre creado por el poeta? Una patria política de poetas deambulantes llevados a ella por la furia de su vida, aunque quisieran permanecer certeros en su parnaso decadente. La única prueba de que la vida de las palabras es autónoma es que se rebela contra su propia creación. Los personajes de esa ciudad de sensaciones conversan y esperan a Pessoa, rajan de él, pero nunca va a llegar porque está perdido en sus dosis necesarias de ensoñación en la cama que es su cárcel al tiempo que su cielo.

“El problema viene cuando no somos capaces de distinguir entre el dolor verdadero y la memoria del dolor. Cuando caprichosamente nos oponemos a la desintegración total y entonces el sufrimiento nos ata a la vida, a la costumbre de abrir los ojos por la mañana y levantarse para ocuparse en cualquier cosa, para evitar pensar en el fin”.

Al final las páginas se pegan a la piel, y es el lector el que se podría preguntar si, acaso, es él mismo la creación de otro en sus divagaciones, o si por el contrario es él quien crea a los otros. Es posible que le den calamares en el cuerpo. Que se percate de que tiene cartas en los bolsillos. Y diga como suyos estos versos de Borges: “En la hora de angustia y de luz vaga, / en su Golem los ojos detenía. / ¿Quién nos dirá las cosas que sentía / Dios, al mirar a su rabino en Praga?”. Esa pregunta ronda el absurdo y en algún momento podrá tener la tentación insólita de comprar atardeceres, aunque solo le alcance para llevarse mediodías. Hasta que, poco a poco, una voz lo va rescatando, y, sin darse cuenta, lo retoma, para hacerle el único y más importante requerimiento que se le puede hacer a un amigo: “Alcánzame las gafas”.

22 de marzo del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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