Un yo que escupe y que brilla

Una reseña del libro Escombros, de Fernando Vallejo (Alfaguara, julio 2021)

Como un juego de detective literario –lo mismo que decir un juego de un desocupado–, me atreví a sugerir que este Vallejo no era él: debía ser otro, alguien que en su vejez escribiera por él, o que él mismo, cansado de ser él mismo, había cambiado: que se le había endulzado el alma, y que, incluso, era lo más garciamarquiano que había podido escribir. Uno que otro chispazo –una afirmación como una llama que crece más que las demás en la fogata descriptiva del inicio del libro– me corroboraba la idea de que esas frases habían sido incluidas en su retórica para despistar al enemigo: para que el lector del inicio del libro no creyera que estuviera leyendo una crónica cualquiera al abrir un periódico.

Pero no. Esa sensación se transformó de la mano de la invitación de mi amigo Gabriel Méndez al reconocer su prosa venenosa, especial para un domingo de soledad. Y no solo el influjo de vida de sus amores y odios encarnados, sino la manera en que esa forma de enfrentarse al mundo, aunque se repitiera, no es única e invariable: se adapta a su condición: la de Fernando Vallejo en la vejez al volver a Colombia después de sobrevivir al segundo terremoto de su vida y a la muerte de su compañero David Antón y de sus perras y familiares amados, con la esperanza de morir con Brusca al unísono en un abrazo de amor. Hecho que solo muestra que a Vallejo solo le da vida la posibilidad de levantarse y maldecirla, así las obras más preciadas de su apartamento en Ciudad de México se hubieran vuelto pedazos de vidrio rotos, y así hubiera tenido que continuar la burocrática rutina mortuoria para enterrar a su amor.

De suerte que me pregunto si la sensación que tuve al inicio de mi lectura no era otra que el trasegar del yo. Un yo que escribe así al narrar el comienzo de su fin: cada uno de los escombros que quedaron de una vida que se está acabando. El que sufre solo puede describir cuando lo que ama está destruido. No hay espacio para la creación, el juego, para que el alma vaya y venga en artimañas retóricas. “¡Cómo no van a ser angustiosos los sueños míos! Por eso no puedo dormir, porque no quiero, porque me tengo que enfrentar a mi yo profundo, a mis dramas y carencias. Yo no soy el que soy, ni tampoco el que parezco ni el que digo. Yo soy otro”.  

Ya después viene la locura del yo: la exacerbación del juego mental: el diálogo con Misiá Hijueputa la Muerte, con Alois Alzheimer el médico que ayuda a olvidar, con David Antón ya muerto, con Brusca, y el recuerdo de los años furibundos en que fue el presidente de Colombia. También sus obsesiones para denunciar a los estafadores de la Historia (Cristo, Einstein, Bill Gates), su dolor por el último recuerdo de los ojos eternos de su perra Quina al morir y sus odios viscerales a los culpables de la debacle mundial: los pobres, las mujeres embarazadas, los carnívoros, los papas y los políticos. Por último, los olvidos, las repeticiones, los recuerdos del futuro, las alteraciones de los tiempos y los espacios, las citas, los libros clásicos, el yo errático y contradictorio. Todo nos hace estar en la corriente vertiginosa del río de su mente, en que no existen ni gravedad ni sol sino solo el yo que los escupe y que los brilla.

En ese estado de meditación senil en el que se le teme hasta a la acción de poner un bombillo, no solo aparece un tipo de verdad de lo humano sino también la más poderosa para contrarrestar la vida artificial que pretende arrebatarnos el sentir. “Vivo hundido en mi mundo interior, tratando de descubrir en mí mismo quién soy, qué hago aquí, por qué hablo así, por qué me comporto así, qué me mueve así, qué busco aquí. No busco, no me mueve nada, no busco nada, no soy nada, me echaron a rodar y sigo en línea recta hacia la Nada Eterna por inercia”. La figura del yo es la de un viejo vivo y ávido que discute con el aire mientras pasea a Brusca, y que sabe que no podrá poner su nombre en su libreta de los muertos. La suerte es que para esa imposibilidad hay muchos que podremos escribir en las nuestras –si no nos lleva Misiá Hijueputa primero– que tuvimos la ventaja de leer a un maestro.

18 de julio del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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