La locura de Diego que nadie entiende

Si, hace unos siglos, en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre quisiera acordarme, se dice que existió un hombre para quien las novelas de caballería se volvieron las historias con las que miraba la realidad, hoy en día, en este lugar manchado cuyo nombre quisiera olvidar, hay hombres que, en vez de cuerdamente enloquecerse por los libros, han tomado la decisión de sobrevivir por la locura de las páginas. Estos últimos, que son cada vez más escasos al tiempo que más necesarios, pasan desprovistos de armaduras firmes o hechizas, y cuentan, esta vez sí como aquel otro loco, con la única motivación que colma el alma sin importar los sucesos consiguientes: la vocación.

Aunque carezcan de indumentaria para la guerra, estos hombres se defienden de deudas e impuestos, pocas ventas y menos interesados; con el escudo de la resistencia fabricado con su obstinación, interrumpen fugazmente el paso de su contrario, el mercado digital, que ha hecho de los libros archivos leves con olor no a papel sino a pantalla usada: a nada. Uno de ellos es Diego Giraldo, un hombre cuya cercanía con los libros le ha permitido comer y labrar su presente. Vende, por tradición familiar, libros en que no solo están consignadas las historias en palabras legibles, sino también aquellas que se expresan en un viejo aroma, una marca que atraviesa una página, una firma antigua, una dedicatoria que ya caducó.

La venta de libros usados la heredó de su padre, quien administra la librería de en seguida hace treinta años, La Eneida. Diego está a cargo de La Odisea, y una tía suya de la vecina librería Diana, en honor a su hermana. Esa misma cuadra del centro de Manizales ha sido testigo de la empresa familiar de la locura. Diego mira entre los libros amontonados y recuerda, con los ojos negros combinados con la camiseta negra, que antes el negocio era bueno, que a la gente le gustaba leer más, y que el Internet y el libro electrónico se han llevado casi toda la demanda. A pesar de que no parezca ni loco ni vendedor de libros sino un cuerdo vendedor de videojuegos, cuando recuerda los mejores años del negocio se siente, a lo lejos, la tristeza. Quince años le han aumentado su amor desenfrenado por los libros, que alimenta la curiosidad de querer conocer más allá de su profesión, la administración de empresas, sin olvidarse de ella: le permite saber que debe vender doscientos mil pesos cada mes, y por la pandemia no vende ni el 30 %.

A Diego le tocó presenciar la tragedia de cómo a su padre, en vez de acabarse los libros por impacientes lectores, se le mojaran las páginas: un día se inundó La Odisea, con lo cual a doscientos ejemplares les fluyeron las letras hacia la profundidad de ese anchuroso mar artificial. No fue como el día en que los amigos del viejo Alonso Quijano, preocupados por la locura que carcomía su mente, fueron quemando una a una las novelas de caballería, pensando que al eliminarlas caducaría la locura del viejo. No sucedió tal cosa. Tampoco el destino debe de provocar otra consecuencia más para el padre de Diego que la precipitación hacia el olvido de su librería, y no la deseada ayuda de los conciudadanos.

En estos despojos de la vida literaria, lo que más se vende son libros de superación personal y de narcotráfico. Por lo menos así puede mantenerse la esencia del libro físico, a pesar de que para ello no cuente con la ayuda del gobierno ni de nadie, porque nadie cree en su locura.  

01 de agosto del 2021

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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