Tercer viaje al año nuevo

Imagino este nuevo año que vivimos igual que los demás: inesperado, laberíntico, ensortijado (es decir, infinito a su manera). Como una serpiente larga y que espera sobre piedras y hojas, sobre charcos infestados de insectos, bajo la sombra que hace el cielo en los árboles eternos. Una serpiente larga que espera. Un caminante que la viera podría preguntarse qué espera. Las botas embarradas, la ropa rota, el sombrero deshecho con astillas salidas. Se escondería detrás de un árbol y la espiaría detenida, y la vería quieta como si lo único que esperara fuera la muerte. Se fijaría en las curvas largas y cortas. Admiraría el cuerpo en algunas partes más grueso que en otras; los colores apagados entre verdes y negros, cafés y rojos. Seguiría detallándola un poco más, y vería, con un salto para atrás, que esa serpiente larga, casi del grosor de su propio abrazo, se está comiendo su propia cola. Un infinito que se consume a sí mismo.

¿Será esa una buena metáfora para acercarnos a este año, o es apenas una figura que podría reemplazarse en cualquier otro o milenio? La última vez que alguien me habló del infinito estaba yo tomando tinto y aparentando escribir para darme ánimo en un café de una esquina concurrida de Manizales, cuando una señora se paró en la entrada del lugar en donde estaba sentado y, tras verme arrebatar algunas palabras, me señaló y me dijo: “Dios te ama, Dios es infinito”. Ella había caminado como camina una enamorada, y llevaba debajo del brazo lo que no me costó suponer que era una Biblia. Se había parado en la vitrina y yo sentí como si alguien me sobara el alma. Subí la mirada y la vi. Tenía la cara como de una bruja sin arreglarse, el cuerpo pesado como un domingo de guayabo, la ropa apretada como una ansiedad. “Anote, anote”, me dijo con las manos, y otra señora que atendía –mucho más joven y mucho menos impertinente– se paró justo en el medio de ella y yo. La que tampoco me costó suponer que era una cristiana, evangélica o testigo de Jehová gritó otras dos o tres veces, citó algunos parajes de la Biblia que me cuesta recordar, y se fue como llegó: como una sorpresa. Todos los que estaban sentados levantaron la cabeza para ver, como por reflejo. Noté que no hubo ninguno que no sonriera. Yo recuerdo que escribí: “Dios es tan infinito como la señora que lo dijo lo es”.

–¿Se le ofrece algo más? –me preguntó la otra mujer. Tenía los ojos cafés, y me pareció que podía ver en ellos el universo.

–Una historia para contar –le dije yo. Noté que algo en su cara se me hacía familiar.

–Esa señora era mi mamá –me respondió, y me hizo un guiño con un universo.

Quise, como era de esperarse, hacerle más preguntas, pero ella solo dejó la cuenta sobre la mesa, y siguió caminando hacia las otras. A su paso dejó un olor astringente y penetrante, y no se volteó a verme más. Dejé un par de billetes junto a los platos sucios y, al fijarme en que los billetes tenían sellos de serpiente, me di cuenta de que la mesera había dejado escrito un número en la factura. Entonces la tomé con emoción y la guardé doblada en uno de los bolsillos de mi chaqueta, me pregunté si era su número o si era el número de su madre y después ahí mismo metí la billetera; pensé que su peso podría impedir que el papel se fuera volando; me enorgullecí inocentemente de mi prevención. El lugar en el que me había sentado a tomar tinto bloqueaba los sonidos frenéticos de la carrera 23, que para ese día de Ferias eran particularmente abrasivos, como si uno se sintiera ametrallado por una ráfaga de voces. La luz hacía que las cosas tuvieran apariencia de ser ellas mismas: realzaba los colores, avivaba las texturas, las formas, y, como todo se mezclaba en un ir y venir de un andén a otro –vendedores, caminantes, perdidos, borrachos, enamorados, niños, enfermos, indigentes, políticos, turistas–, la imagen era la de un cuadro caótico en que todo se mueve permanentemente sin ningún sentido (o el sentido solo podía ser el del movimiento sin sentido).

A veces un instinto mimético promueve mis actos, y me introduje en esa masa electrizante. Veía cosas, y me gustaba volverme un espía: procuraba que nadie se percatara de mi presencia. Pero en la tierra de nadie todo es de todos, y no hay escondite para un turista ciudadano: a cada paso me era ofrecido un producto, una prueba, una untadita, y el observador resultó ser, al contrario, observado. (La serpiente, a lo mejor, aparentaba no ver al caminante). Al llegar al final del tumulto, no me sobrepuse del todo de esa combinación de Ferias y campañas políticas, y me dio la impresión del esmero al que había llegado el gobernante de turno para procurar confundir la fiesta tradicional de la ciudad con su propio programa de gobierno, de tal suerte que las críticas que se le hicieran a él eran críticas que él mostraba como si fueran a la ciudad. Después pensé en cuántas veces esa había sido la misma crítica de todos los años, igual que los eslóganes de las campañas políticas que cada que hay elecciones son los mismos, para al final no ser nada. Y me dio la impresión de que a pesar de que nos consumimos, todo vuelve a lo mismo, sin cambio alguno, o con apariencia de cambio. ¿Llegará un punto en que a esa culebra ya no le alcance cuerpo para comerse, y, en ese caso, lo único que pueda hacer es la súbita decisión de desaparecer? Catastrófico, apocalíptico, neurótico; no pude dejar de pensar en eso: sobre la continuación hacia el abismo. En ese punto, cuando salí del tumulto, quise tomar una foto para recordar el momento, y busqué mi billetera pero ya no estaba: se había esfumado junto con el papel en que la mujer de mirada de universo me había escrito el número. “Jueputa”, pensé. Segundos después, sonreí y concluí: “Ya no tengo billetera ni el número de la muchacha, pero al menos tengo infinitas posibilidades de terminar este escrito”.

09 de enero del 2022

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Julián Bernal Ospina

julianbernalospina.com

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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