La lagartocracia

Un amigo que trabaja en el centro de Manizales me escribió alarmado. Me contó un hecho insólito que los medios locales –otra vez­– se resisten a publicar. Por la ventana de un edificio antiguo en el que los ascensores siempre están a punto de dejar a sus usuarios encerrados, vio algo que cualquiera podría considerar una escena de una película fantástica. En principio pensé que era una de sus tantas ocurrencias de abogado periodista: una vez me juró que conoció a un hombre que se fracturó una pierna solo para acceder a una pensión.  

Mi amigo me dijo que, mientras hacía una pausa activa en que enumeraba la nómina del Once Caldas del 98, vio por la ventana la escena de un lagarto junto a un edificio republicano en cuya base alumbraba un aviso de Pollos Mario. Para un extranjero no hubiera sido raro ver a un reptil crepitar por plena carrera 23, pues en esos días de lluvia bien hubiera podido considerarse que este territorio se terminara llamando el río de Manizales. La vocación de periodista de mi amigo lo impulsó a querer averiguar más sobre lo que veía: debía dar toda clase de detalles para que la historia fuera suficientemente verosímil; para que la gente se creyera una aparente mentira.

A través de la ventana vio que el lagarto estaba totalmente acostado sobre un andén. Nadie más pasaba por ahí, pues llovía. El agua discurría y no solo llevaba mugre: miles de papeles pasaban a su lado, con lo cual también vio que el lagarto tenía hojas en sus garras. Por un momento creyó que eso era lo más raro, pero cuando se enfocó en la cabeza del animal se sorprendió al constatar que el reptil sonreía y que dirigía la sonrisa a los edificios. Por eso mi amigo logró ver que en las fauces brillaban colmillos blancos, blanquísimos.

Más tarde confirmó lo que ya había intuido: ese no era el único lagarto sonriente sobre los andenes. Dirigió su mirada más allá y constató que había por lo menos unos veinticinco. Parecían estar dormidos o estar meditando mientras la lluvia pasaba. Mi amigo sabía que en realidad aguardaban a sus presas. Algunos llevaban puestas camisetas de colores diversos. Los grandes, casi como dinosaurios, de ancha panza y escamas dilatadas, tenían camiseta roja y estaban unidos por hilos de titiritero; también los había de camisetas verdes, azules, blancas, amarillas, púrpuras y de todos los colores habidos y por haber.

Cuando terminó de llover, mi amigo advirtió cómo los transeúntes volvieron a las calles. De inmediato, y para una nueva sorpresa de él, los lagartos comenzaron a decir convincentes palabras. Los peatones que pasaban por ahí primero se asustaban y luego, engatusados –enlagartados– por sus discursos, se detenían para apreciar el espectáculo de animales sonrientes: había lagartos azules de Gorgona que intentaban despigmentarse para aparentar no ser tan godos, camaleones que juraban nunca haberse cambiado el color de la piel, lagartijas capaces de meterse en cualquier resquicio para huir, diablos espinosos vestidos de inocentes palomas, lagartos escorpión que sabían guardar muy bien su púa, dragones de Komodo que envenenaban con la saliva de sus palabras, y hasta monstruos de Gila, difíciles de mirar.

Mi amigo abrió la ventana para oír lo que decían los reptiles: “¡Firme aquí para renovar la política! ¡Estamos en contra de la política tradicional! ¡Necesitamos a alguien con experiencia! ¡Qué mejor que nuestra especie que lleva más de doscientos millones de años sobre la tierra!”. Lo más sorprendente aún –según me dijo mi amigo– no fue todo eso. Para él lo fue que las personas no se alarmaban sino que sufrían un misterioso encanto: a los ciudadanos les prometían puestos por firmas, plata por apoyos, y eso hacía que se olvidaran de que en frente tuvieran a un potencial depredador.

De hecho, mi amigo vio que la gente que pasaba por ahí tomaba sus lapiceros y firmaba lo que los lagartos querían. De más de cien individuos que contó, al menos setenta escribieron su nombre para apoyar promesas como que los reptiles nunca más iban a volver a comerse a un ser humano (es más, que en adelante solo se alimentarían de frutas y verduras), o que estarían dispuestos a donar parte de sus pieles y de sus familias para que todos los ciudadanos tuvieran cómo estrenar unos finos zapatos de cuero de reptil, aun cuando la necesidad más apremiante fuera un plato de lentejas. Estas promesas, y las de asegurarles que los apoyarían con cuantiosos contratos, les hacían a los caminantes perder el miedo.

Mi amigo se asustó al notar que uno de los transeúntes se agachó y quedó a centímetros de morir decapitado por los colmillos brillantes de un lagarto que prometía no ser la continuación, aunque relucía el verde chillón que vestía. Cierta tristeza embebió a mi amigo y decidió no ver más. Al darse cuenta de que la gente estaba tan feliz con los lagartos, ¿a quién podía denunciar lo que veía? Entonces me escribió a mí y me dijo que contara esta historia para que, quien la leyera, fuera el centro de Manizales a ver cómo pululan los lagartos multicolores mendigando cualquier garabato.

05 de febrero de 2023

Publicado por julianbernalospina

Escritor. De formación politólogo con estudios de maestría en construcción de paz. Énfasis en escritura, literatura, periodismo e investigación cualitativa.

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